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Reivindicando a Hitchcock

Acabo de encontrarme con que esta semana se cumplieron 50 años del estreno en cines de Psicosis. Hace mucho tiempo que no hablo de cine y, dado que le dediqué cinco años de mi vida, debería recuperarlo más a menudo así que no voy a perder la ocasión de celebrar la efeméride.

Psicosis es una obra maestra y una pieza clásica de la cultura popular por su ejecución técnica, por su manejo del suspense, por la ruptura de los convencionalismos estéticos, por su influencia en el cine de terror posterior… Podría extenderme largo y tendido al respecto pero creo va a ser mejor que le echéis un vistazo al excelente resumen de sus virtudes que hicieron en Días de Cine.

Hitchcock es uno de los directores que más ha influenciado mi manera de ver (y entender el cine). He tenido la enorme suerte de crecer en una casa donde el cine era el gran entretenimiento y mi madre, desde su adolescencia, ha guardado especial predilección por las obras de este realizador. Gracias a ella descubrí muy pronto (supongo que más de lo debido) casi toda su extensa filmografía y creo que siento por Hitchcock la fascinación y el cariño que se tiene siempre por los primeros recuerdos.

Por eso a mi me gustaría aprovechar el cumpleaños para desempolvar la filmografía de este director y recordar otros cinco títulos que, personalmente, me parecen también imprescindibles. Realmente se trata de una lista muy personal y los he escogido por el significado que tienen para mi (lo que explica la ausencia de otras grandes películas como Vertigo o La Ventana Indiscreta) pero creo que puede servir como aproximación a un realizador absolutamente genial.

  • Yo confieso (1953): Fue la primera película de Hitchcock que vi; todavía me fascina el retrato del dilema moral del sacerdote, atrapado entre sus votos y su conciencia.
  • Con la muerte en los talones (1959): Una de las primeras películas de acción de la historia del cine, sería imposible entender el ritmo en sagas como Terminator, La Jungla de Cristal o, incluso, Indiana Jones sin la influencia de este film. Además, Cary Grant estuvo impecable, como siempre 🙂
  • Los pájaros (1963): Otra obra pionera; aunque bebe de las claves utilizadas en Psicosis, el terror aquí es mucho más inquietante por su discordancia con el entorno cotidiano en el que se desencadena (12 años antes de Tiburón).
  • Encadenados (1946): De nuevo Cary Grant, de nuevo impecable. Encadenados tiene una de las mejores secuencias de suspense de la historia; de hecho creo que la he visto media docena de veces y todavía me pongo nervioso con la vista a la bodega…
  • La soga (1948): Un hito en la historia del cine, Hitchcock la rodó en un falso plano secuencia de 80 minutos en los que logra mantener una tensión agobiante. Es una lección magistral de pulso narrativo construido únicamente sobre guión e interpretaciones.

Por cierto, una curiosidad: pese a haber dirigido una docena de filmes que pueden considerarse hoy en día obras maestras por su influencia para el desarrollo posterior del mundo del cine, Alfred Hitchcock nunca recibió un oscar como director…

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Historia sin historias

Me gusta mucho escribir, soy consciente de que me ha gustado desde los catorce o quince años pero, pese a haberlo intentado habitualmente, siempre se me ha resistido la ficción. He escrito muchos relatos, he empezado dos novelas y he esbozado multitud de tramas pero creo que me ha faltado voluntad y, sobretodo, talento para ser capaz de hilar convenientemente una historia. Por eso siento una especial admiración por todos aquellos escritores capaces de trazar un argumento, armar una historia sobre él y desplegar a su alrededor un  abanico de personajes cuyas vidas estás deseando conocer.

Cuando me fui a ver Ágora esperaba encontrarme algo de eso. Sobretodo después de la sorpresa que me encontré con Mar Adentro, un film que en su momento vi más por convención que por convicción y que me pareció absolutamente absorvente. Por eso me defraudó Ágora. Amenábar ha desplegado un artificio técnico impecable, ha conseguido devolver la antigua Alejandría a la vida y ha lanzado unas cuantas andanadas contra el fanatismo, la intolerancia y el desprecio a  la ciencia. Pero hasta ahí llegan los méritos del film.

Cuando acabó la película me di cuenta de que Ágora no me había contado nada. No sabría resumir en unas líneas el argumento y creo que ahí radica su gran fallo. Ágora carece de historias personales en su desarrollo que te enganchen, que entiendas, que asimiles y te emocionen. No hay un hilo conductor que contextualice las vidas de los personajes que pasean por la pantalla y las haga verosímiles dentro de los sucesos tempestuosos que ha querido retratar Amenábar (con un despliegue y una corrección inaudita en el cine español, todo hay que decirlo).

Al final la historia de Hipatia queda diluida y, pese al oficio de mi admirada Rachel Weisz, su destino y el de todos los que la rodean te deja un poco indiferente. Y no fui el único que tuvo esa sensación. Todas las personas que venían conmigo se quedaron igual de fríos y después de conversar un rato al respecto, nos dimos cuenta de que no entendíamos las motivaciones de ningún personaje. Por eso, pese al interés del periodo, de los personajes y de los sucesos, nos defraudó bastante el resultado.

Enganchar al espectador (o al lector) es un arte complicado; requiere planificación, intuición, sensibilidad y mucho esfuerzo. Hitchcock decía que para entretener al espectador y hacerle pasar un buen rato en la sala había que hacer que traspasase la pantalla y para eso debía conocer al protagonista hasta el punto de llegar a identificarse con él. Pienso que ese principio, tan simple y tan absolutamente complejo, es el que te lleva a sufrir la ansiedad de Cary Grant en ‘Con la muerte en los talones‘ o la angustia de James Stewart en ‘Vértigo‘; pero creo que también fue eso mismo lo que me llevó a odiar a Aqab, a temer a Long John Silver, a seguir a Aragorn o a comprender a Lisbeth Salander.

Seducido por la Historia, a Amenábar se le olvidó contar la vida, las historias de sus personajes y, al no cuidar esos detalles, todo le ha quedado demasiado frío. Por eso a mi, personalmente, no me ha acabado de entusiasmar Ágora.