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Mesas vacías

He tratado de mantenerme al margen. En la medida de lo posible. Y ha sido difícil porque el tema me despierta sentimientos contradictorios. Hasta que alguien puso en Facebook un enlace. Veo muchos últimamente sobre este tema. Pero este en concreto, sin contar nada nuevo, sin ser especialmente fiable, sin aportar nada más al tema que un montón de habladurías, me dolió. Fue esa foto, de mesas vacías y sillas abandonadas, la que me devolvió allí. Años atrás, cuando yo también me sentaba en una de esas mesas. O en otra parecida.

Fueron seis años los que pasé allí, de manera intermitente. Seis años en los que, efectivamente, fui testigo de docenas de desmanes y de derroches. En los que padecí a sindicatos incompetentes y a incompetentes no sindicados que ladraban mucho y mordían poco con tal de mantener la poltrona. Pero también fueron seis años en los que aprendí y disfruté. Compartí mi vida con un montón de gente increíble. Gente que me enseñó a trabajar en equipo. A ver la tele de otra manera. A disfrutar del subidón de adrenalina en un directo. A cazar falleras en una ofrenda. A currar. Y a reírme de todo en la medida de lo posible, aunque fuese editando un vídeo sobre John Ford a las dos de la mañana.

Aún me acuerdo de todos. En cierto modo, añoro aquellos momentos. Porque, aunque no me arrepiento en absoluto de haber dejado atrás esa época, los años que pasé entre esas mesas no volverán. En esta vida, para bien o para mal, todo tiene fecha de caducidad. Todo salvo la impunidad vergonzante de la que gozan algunos. Los mismos a los que nunca les importó llegar a esta situación. Porque en este caso, como en tantos otros últimamente  siempre pagan los mismos.

Va por ellos. Un abrazo compañeros. Aún desde el tiempo y la distancia se os recuerda. Y se os echa de menos.

 

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El maestro de esgrima

Sin glamour, sin portadas de revista, sin un status de estrella, el 2012 se ha llevado a una figura del cine cuya muerte ha pasado algo  desapercibida: Bob Anderson.

¿Y quién es Bob Anderson?

Ya, vale; su muerte ha pasado desapercibida porque prácticamente nadie tenía ni idea de quién era esta buen hombre. Bueno, nadie no, en algunas publicaciones se han hecho eco del deceso pero para el gran público su pérdida va a permanecer  en el más absoluto desconocimiento.

Que sí, que sí ¿pero quién demonios es Bob Anderson?

Podéis echarle un vistazo a su biografía en la Wikipedia (pongo la versión en inglés porque la versión en español es bastante lamentable) o en IMDB. Bob Anderson era el maestro de esgrima de Hollywood. Empezó a coreografiar las peleas con espada del mismísimo Errol Flynn (aunque supongo que no lo hizo desde el principio porque, cuando se filmó ‘El Capitán Blood’, Anderson apenas tendría 13 años…). Desde entonces ha estado metiendo el sable en casi todas las grandes producciones en las que se han cruzado aceros. O láseres porque incluso la saga de Star Wars le debe algunos de sus duelos más memorables. De hecho se dice que quien vestía la máscara de Vader en la pelea final de El Imperio Contraataca era él.

Y si esto no os parece suficiente para elevarlo a la categoría de mito (friki, vale) del celuloide apuntad que el duelo entre Íñigo Montoya y Westley de la Princesa Prometida fue también cosa suya.  Lo último que hizo fue enseñarle a Viggo Mortensen a repartir mandobles como un auténtico heredero de Isildur.

¿Es o no es una lástima tener que decir adiós a una figura semejante?

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Reivindicando a Hitchcock

Acabo de encontrarme con que esta semana se cumplieron 50 años del estreno en cines de Psicosis. Hace mucho tiempo que no hablo de cine y, dado que le dediqué cinco años de mi vida, debería recuperarlo más a menudo así que no voy a perder la ocasión de celebrar la efeméride.

Psicosis es una obra maestra y una pieza clásica de la cultura popular por su ejecución técnica, por su manejo del suspense, por la ruptura de los convencionalismos estéticos, por su influencia en el cine de terror posterior… Podría extenderme largo y tendido al respecto pero creo va a ser mejor que le echéis un vistazo al excelente resumen de sus virtudes que hicieron en Días de Cine.

Hitchcock es uno de los directores que más ha influenciado mi manera de ver (y entender el cine). He tenido la enorme suerte de crecer en una casa donde el cine era el gran entretenimiento y mi madre, desde su adolescencia, ha guardado especial predilección por las obras de este realizador. Gracias a ella descubrí muy pronto (supongo que más de lo debido) casi toda su extensa filmografía y creo que siento por Hitchcock la fascinación y el cariño que se tiene siempre por los primeros recuerdos.

Por eso a mi me gustaría aprovechar el cumpleaños para desempolvar la filmografía de este director y recordar otros cinco títulos que, personalmente, me parecen también imprescindibles. Realmente se trata de una lista muy personal y los he escogido por el significado que tienen para mi (lo que explica la ausencia de otras grandes películas como Vertigo o La Ventana Indiscreta) pero creo que puede servir como aproximación a un realizador absolutamente genial.

  • Yo confieso (1953): Fue la primera película de Hitchcock que vi; todavía me fascina el retrato del dilema moral del sacerdote, atrapado entre sus votos y su conciencia.
  • Con la muerte en los talones (1959): Una de las primeras películas de acción de la historia del cine, sería imposible entender el ritmo en sagas como Terminator, La Jungla de Cristal o, incluso, Indiana Jones sin la influencia de este film. Además, Cary Grant estuvo impecable, como siempre 🙂
  • Los pájaros (1963): Otra obra pionera; aunque bebe de las claves utilizadas en Psicosis, el terror aquí es mucho más inquietante por su discordancia con el entorno cotidiano en el que se desencadena (12 años antes de Tiburón).
  • Encadenados (1946): De nuevo Cary Grant, de nuevo impecable. Encadenados tiene una de las mejores secuencias de suspense de la historia; de hecho creo que la he visto media docena de veces y todavía me pongo nervioso con la vista a la bodega…
  • La soga (1948): Un hito en la historia del cine, Hitchcock la rodó en un falso plano secuencia de 80 minutos en los que logra mantener una tensión agobiante. Es una lección magistral de pulso narrativo construido únicamente sobre guión e interpretaciones.

Por cierto, una curiosidad: pese a haber dirigido una docena de filmes que pueden considerarse hoy en día obras maestras por su influencia para el desarrollo posterior del mundo del cine, Alfred Hitchcock nunca recibió un oscar como director…

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El hombre lobo: Lon Channey ha vuelto

Ayer fue mi cumpleaños así que la mejor manera que se me ocurrió para acabar el día fue irme al cine. Tenía curiosidad por ver el nuevo Hombre Lobo. Me había llamado la atención esa estética decimonónica y, como suelo tener ataques de nostalgia por los monstruos entrañables y sencillos de las pelis antiguas de terror me pareció una buena elección. La verdad es que no albergaba muchas esperanzas porque, últimamente, cuantas mas expectativas me genera una película más me defrauda después. Sin embargo El Hombre Lobo fue una sorpresa muy agradable.

No le busquéis originalidad, ni profundidad, ni complejidad. La película es simple, arquetípica y, sobre todo, muy honesta. Es de esas pelis que no aspiran más que a entretener y, por eso mismo, resulta ser un entrañable homenaje al clásico de la Universal en el que se basa.  Realmente me dio lo que iba buscando: un desarrollo clásico, efectos especiales bien hechos pero no excesivos, un montón de decorados reales (genial ese Londres frío, oscuro y tridimensional, alejado de los chromas de diseño), buenos actores bastante correctos y, por encima de todo, una atmósfera espectacular.

Es cierto que, en algunos momentos, el Hombre Lobo tiene una edición un poco extraña y, para mi gusto, le sobra casquería pero en general la peli es muy, muy divertida. Se aleja de la burla adolescente o videoclipera con la que han desifrazado últimamente a los hombres lobo y, además, revive mediante guiños frecuentes algunas de las mejores apariciones en pantalla de la bestia peluda. Y no le busquéis tres pies al lobo 😉

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Zombies, palomitas y heavy metal

Después de pasarme media vida consumiendo cine he llegado a la conclusión de que sólo me gustan dos tipos de películas: las que son buenas y las que no aspiran a serlo. Y estas segundas, si están bien hechas, me gustan mucho. El cine nació como un entretenimiento de barraca de feria y, pese a que todas las obras maestras que ha generado desde entonces lo han convertido en un arte por méritos propios, a mi también me gusta comprarme un enorme cucurucho de palomitas y ver una peli gamberra y sin pretensiones que aspire únicamente a hacerme pasar un buen rato.

Ayer pasé uno de esos buenos ratos gracias a Bienvenidos a Zombieland. Me imagino que no sorprenderé a nadie si digo que no es una buena película. Sin embargo es una película honesta que, precisamente, no aspira a nada más que a resultar divertida. Y lo consigue. La historia es simple, los personajes están son bastante esquemáticos y la película es muy salvaje, pero Bienvenidos a Zombieland es también una road-movie llena de humor, de guiños cinéfilos impagables y con una banda sonora muy potente.

Desde unos títulos de crédito – geniales en su montaje a ritmo de For Whom The Bell Tolls de Metallica – visualmente impactantes, la película marca un tono gamberro que se acentúa con diálogos bordes y con un Woody Harrelson que ha disfrutado a fondo, y se nota, haciendo la película. Me encantó toda la secuencia de la mansión de Beverly Hills y creo que la aparición de Bill Murray es todo un homenaje a ese gran cine de entretenimiento que se hacía en los 80.

Para mi, Bienvenidos a Zombieland ha sido todo lo que Grindhouse podría haber llegado a ser si Tarantino y Rodriguez no la hubiesen inflado de pretensiones: un entretenimiento fácil y simpático cargado de balas, zombies y heavy metal. Tampoco se le puede pedir mucho más ¿no?

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In Pixar We Trust

Llevo tiempo quejándome de lo lamentable que es la programación cinematográfica últimamente (y por últimamente me refiero a los últimos cuatro o cinco años). Y lo malo del caso es que, después del chasco que me llevé con Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal, empiezo a perder las esperanzas incluso en los valores seguros que más horas de entretenimiento me han proporcionado.

Pero entonces llega Pixar y estrena una nueva película. Y el cine vuelve a ser un espectáculo maravilloso. Acabo de ver Up y me parece la mejor película que se ha estrenado en España desde Gran Torino.

Sin llegar a la perfección absoluta que para mi tiene Wall-E, Up es el retorno al cine de aventuras más clásico. El ritmo, la acción, los personajes… todo encaja a la perfección para trazar un espectáculo clásico que, además, la gente de Pixar ha sabido dotar de una impresionante profundidad humana. Me emocionó mucho la manera de trazar la biografía del personaje a través del prólogo; me fascinó como la perfección técnica de la animación sostiene parte de la narrativa; incluso me convenció en alguno de sus aspectos más convencionales (el desahogo cómico, la resolución de ciertos aspectos…).

Ojalá se hiciesen más películas como Up. Ojalá todos los estudios tuviesen el amor al cine que muestra Pixar. Ojalá todos los cineastas fuesen tan delicados con su trabajo. Ojalá encontrase más razones como esta para poder volver al cine todas las semanas.

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Karaokes televisados

Cuando una gran estrella muere los medios, ávidos de e mociones que enganchen a la audiencia, diseccionan cada aspecto de su vida. Michael Jackson no ha sido una excepción, ni mucho menos. Sin embargo toda esta saturación informativa me ha servido para darme cuenta de dos cosas: que soy capaz de tararear más canciones de Jackson de las que pensaba y que por encima de todo Jacko era único e irrepetible.

Supongo que este segundo aspecto es una auténtica perogrullada pero creo que muchas de las mentes pensantes que mueven los hilos de la industria cultural, musical y cinematográfica sobretodo, no se detienen a pensar lo importante que resulta. Ayer, paseando por un centro comercial, descubrí que todo lo que sonaba en la tienda eran versiones de grandes éxitos del pop español en los que la voz original había sido sustituída por el ganador de algún concurso de televisión.

No voy a ponerme a darle vueltas  a la SGAE, los derechos de autor y la murga de siempre; sin embargo si que creo que, cuando la industria discográfica se queja de los pocos discos que se venden debería plantearse qué tipo de discos se pretende vender y sobre todo deberían analizar qué tipo de música está dispuesta la gente a comprar. Las versiones, por ejemplo, no tienen sentido si no aportan nada a la ejecución original; yo soy un gran aficionado a las versiones de canciones clásicas (del rock, del pop, del jazz…) pero siempre que los nuevos intérpretes revisen la pieza original enriqueciéndola con su visión particular.

Desde luego los modelos de distribución ya no son los mismos que hicieron millonario a Jackson pero sigue siendo posible vender discos si la propuesta es interesante. Hace unas semanas me sorprendió la maravillosa fiesta de la música que se celebra en París; en cada esquina un grupo interpretaba a su manera y, casi todos los que tenían sus discos con ellos vendieron unos cuantos ejemplares. Muchos, además, promocionaban sus blogs, sus páginas en MySpace o, incluso, las de los grupos a los que idolatran.  Y el público estaba entusiasmado. La gente está ávida de música, de buena música, y si las discográficas no están dispuestas a dársela ya se preocuparán ellos de buscarla. Aunque sea en la calle.