Publicado en Otras cosas

Relatividad constante

Son un ignorante en muchas materias. A veces me enorgullezco de ello. Otras no. No saber más de ciencia que un bachiller mediocre es una de las que no me entusiasman en absoluto. Sé que esta ignorancia me aleja de algunos razonamientos esenciales.

La teoría de la relatividad, por ejemplo. Es un hito que cambió la concepción de la física. Obviamente no se le pueden pedir peras al olmo y mi cabeza (obtusa) no lo abarca. Lo único que adivino al respecto, supongo que gracias a una imaginación portentosa, es que Einstein cuestionó con su teoría una de las verdades incuestionables: la inmutabilidad del tiempo.

Si el tiempo es relativo, todo puede llegar a serlo. Los muros caen y los dogmas se desvanecen. Supongo que es un hito más en una marcha lenta que se inicia con la primera pregunta, con la primera chispa, con la primera rueda.

Me gusta esa duda. Significa que no existe la verdad absoluta. Todo es relativo y, en última instancia, depende de la experiencia y el conocimiento. Creo que ese escepticismo es un valor sano. No hay que dar nada por sentado. Es el primer paso hacia la salida de la caverna. También hacia la hoguera.

Eppur si muove… Pienso, luego existo. Dudo, luego estoy vivo. La duda es el motor del cambio y de la evolución. La duda genera conocimiento a través del razonamiento, de la experimentación y de las preguntas. De hecho a veces se puede aprender más de las preguntas que de las propias respuestas.

El escepticismo, como principio, supone hacer muchas preguntas. Las preguntas son el único arma que tenemos contra los dogmas. Y los dogmas matan. Cuestionar las verdades universales, cuestionar los datos, cuestionar las ideas preconcebidas y tratar de averiguar qué, cómo, cuándo, dónde y por qué, sobretodo por qué. Por encima de las banderas y de los credos. Esa es la única actitud para entender mejor las cosas. Para hacerlas cambiar.

Publicado en Internet, Pataletas

Tijeras

Debía haber escrito y publicado este post el miércoles, para poner mi granito de arena virtual a la iniciativa que puso en marcha Javier Peláez desde La Aldea Irreductible. Obviamente esta contribución no iba añadir nada en absoluto a la campaña ‘la ciencia española no necesita tijeras’, que ha hecho bastante ruido en Internet, pero es que yo también estoy harto de que las tijeras siempre corten por el mismo sitio.

Tengo la enorme suerte de conocer unos cuantos investigadores y algunos de ellos me dejan decir por ahí que son amigos míos. Uno de ellos, después de pasar unos cuantos años como becario en una universidad española, pasó a uno de los laboratorios genéticos más avanzados del mundo (en EEUU) y, de ahí, a incorporarse como investigador titular a una importante universidad británica. Otro de ellos es jefe de proyectos de I+D en una multinacional después de haberse doctorado en Francia gracias a una beca del gobierno galo. Creo que son dos personas brillantes – que me deberán una cerveveza 🙂 – y, sin embargo, los dos tienen un futuro que, al menos a medio plazo, se desarrollará lejos de España.

No he buscado estos ejemplos para dar la brasa con la puñetera fuga de cerebros. Ya se encargan los medios de volver sobre el tema porque, al parecer, es lo único que la gente ve cuando se habla de I+D. Yo he querido hablar de mis amigos porque ambos me han ayudado a entender cómo funcionan otros modelos económicos más avanzados en los que la investigación es una pieza clave.

Aunque mi cabeza es absolutamente impermeable a los conocimientos macroeconómicos, hasta yo entiendo que en una crisis los modelos más competitivos salen adelante mientras que los modelos menos productivos se estancan. Si, cuando Francia y Alemania empiezan a levantar cabeza, la OCDE nos tira de las orejas, no hay que ser muy listo para adivinar qué es blanco y viene en botella.

Realmente el sistema universitario español es un coladero en el que el dinero público se desperdicia a mano llenas (como en el resto de la administración). En las dotaciones presupuestarias de los proyectos pesan más los criterios políticos que la rentabilidad de los proyectos y la conexión con el mundo de la empresa es prácticamente inexistente. Sin embargo el núcleo de la investigación científica española se realiza en los institutos públicos porque, en el sector privado, el estímulo a la inversión es prácticamente cero. Y lo es porque en España no ha rentado nunca destinar parte del presupuesto a I+D: no hay deducciones fiscales para investigación y desarrollo, los inversores en innovación apenas encuentran estímulo y, encima, el sistema de subvenciones públicas es inoperante y amiguista.

Si la administración no está dispuesta a reformar el sistema fiscal viejo para atraer inversiones, si en los presupuestos van a primar las ‘prestaciones sociales’ totalmente improductivas (¿a nadie se le ha ocurrido utilizar esas partidas para inyectar líquido a las empresas que creen empleo?), si no se va a meter mano en las universidades para evitar la escasa productividad científica de gran parte del profesorado perpetuaremos un economía improductiva, desfasada y expuesta. No creo que en estas circunstancias la mejor opción sea emprenderla a tijeretazos con la ciencia.