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Anacronismos

Mira que hace tiempo que no me da para escribir nada que tenga un mínimo de actualidad. Pero hoy, precisamente, esperando una reunión que no tardará en producirse, me ha dado por ponerme digno. Lo siento pero voy a hablar de la huelga. O mejor dicho. De las huelgas.

No es la primera vez que toco el tema y, de hecho, durante la anterior Huelga General ya expliqué por qué yo no pensaba secundarla. Un post que por cierto ha sido de los que más comentarios han despertado por aquí. Pero ojo, antes de que me acuséis de nada, no estoy escribiendo esto buscando replicar aquél revuelo ¿o sí?

Realmente lo único que yo pretendo es reflexionar en voz alta sobre si hoy en día tiene sentido plantearse una huelga o si es un absoluto anacronismo. La huelga, como instrumento de presión, tenía sentido en un sistema de producción industrial donde la productividad de las cadenas de montaje marcaba el factor principal factor de diferenciación. Además esta productividad tenía una incidencia directa sobre la cuenta de resultados de la cadena de producción y sobre el propietario de esta. Era un sistema basado todavía en un capitalismo personal donde la titularidad de los medios de producción correspondía a unos señores con nombres y apellidos. La huelga, entonces, era un arma poderosa que además, servía para presionar directamente en la cartera de quienes, además del poder económico, solían detentar también el político (la relación era menos directa en países más industrializados como EEUU o Inglaterra pero resultaba flagrante en otros como España). Aquellas huelgas no eran cosa de broma y muchas de ellas acababan en tragedia.

Pero no estamos en 1899. Para bien y para mal. La estructura de la sociedad ha cambiado e incluso aquel capitalismo industrial no tiene mucho, o nada, que ver con el capitalismo financiero que, a través de los inútiles que nos gobiernan, nos ahoga. ¿De verdad tiene sentido tratar de combatir la situación con una táctica y una retórica que tiene más de cien años? No voy a negar que las huelgas, las generales sobre todo, quedan muy efectistas con sus pancartas, sus piquetes y sus sindicalistas indignados. Los medios se frotan las manos porque tienen tema de conversación para rato; los políticos (que son los que mejor rentabilizan las cuestiones propagandísticas), también porque a poco que se tuerzan las cosas – y en estos casos siempre se tuercen – van a tener un montón de cristales rotos y de piquetes vociferantes para deslegitimar la convocatoria; y por supuesto los sindicatos disfrutan en estos días en los que se rasgan las vestiduras y ocultan así los 364 días restantes de rascarse la barriga chupando del bote.

¿Y después? Después nada. Ese es el problema. Por mucho que protestemos, que nos quejemos y que dejemos de trabajar un día la cosa va a seguir así. Es más, aquello que no trabajemos hoy habrá que recuperarlo mañana con creces. En España el tejido empresarial lo forman pequeñas y medianas empresas que dependen de cada céntimo que les queda en la caja al terminar la jornada.  En un país así una huelga, por muy justificada que esté moralmente, no es que carezca de sentido, es que es un sin sentido.

Efectivamente hay que protestar. Efectivamente se están cometiendo tropelías que nos obligan a todos a pagar los desmanes de unos pocos.  Y, desde luego, las concentraciones, las manifestaciones y las protestas tienen todo el sentido del mundo. Rodear el congreso y apretarles las tuercas a la clase política tiene sentido. Pero la huelga, como concepto y como herramienta de presión, creo que ya carece de toda vigencia.

ACTUALIZACIÓN 16/11/2012

Anoche andaba yo echando un vistazo a las valoraciones del asunto. A parte de que algunas de las medidas que se plantean para medir la incidencia de la Huelga son vergonzantes (lo del consumo de luz es para quedarse solo dando collejas…) creo que el parecer general es que el seguimiento por parte de los trabajadores ha sido más bien escaso. De lo cual me alegro. Sin embargo las manifestaciones vespertinas fueron absolutamente clamorosas. De lo cual me alegro aún más. Es una lástima que ningún medio se haya detenido a profundizar en el significado de esto y que el análisis más coherente que haya leído al respecto haya sido en la página de Facebook de Tonino.

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Eppur si muove

Que sí. Violentos, antisistema, perroflautas, conspiradores judeomasónicos o la Corporación Dharma. Lo que queráis decir. Es una rabieta sin propuestas ni trascendencia que no va a ningún sitio. Vale. Lo que queráis.

Y, sin embargo, se mueve…

W-post

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Liberales y conservadores

En España no existe el liberalismo. En esencia lo que tenemos es unos señores muy conservadores que, en materia económica, tienen muy claro que ellos y no el estado son los mejor capacitados para gestionar sus dineros (algo que no debería extrañarle a nadie, la verdad). Y allá cada cual con su responsabilidad social y su conciencia.

Me haría gracia, si no fuese tan perverso, que estos herederos de la tradición hayan sabido apropiarse de la bandera de la libertad e, incluso, enarbolara para atraer a su causa a emprendedores, economistas, etc…  La paradoja radica en que en cuanto alguien les reconoce esa capacidad para garantizar la libertad económica, parece obligado a aceptar otro comportamiento nada liberal: la imposición de una moral rancia, beaturra y tremendamente populista.

Supongo que es el precio que se debe pagar para tratar de amalgamar en un sólo partido TODOS los movimientos que no son socialdemócratas ni nacionalistas periféricos. Y es que conseguir representar bajo unas siglas y una bandera a liberales, nacionalistas, monárquicos, democristianos, conservadores y otras especies conlleva, necesariamente, sacrificios. El primero es olvidarse de todo aquello que separa para centrarse en lo que une. El segundo es estar dispuesto a comulgar con ruedas de molino para que todos en el grupo puedan sacar algo de tajada. Curiosamente el recorrido funciona en sentido inverso.

¿Y en la práctica qué supone esto? Pues que si crees que tenemos demasiados cargos y demasiadas administraciones,  si piensas que el gobierno no debería jugar a hacer magia con la economía y también suprimir los subsidios absurdos, si crees que la tiranía de lo políticamente correcto y correcta nos está volviendo gilipollas, automáticamente, debes aceptar que  la condición sexual determina tus derechos,  que la Iglesia es el único árbitro autorizado para decir lo que está bien y lo que está mal y que, por qué no, la agitación y la propaganda son la única forma de hacer política.

Entiendo que, con un gobierno metomentodo que quiere incluso decidir hasta qué cuentos van a poder leer mis hijas, esgrimir la libertad como bandera (aunque sea de una manera tramposa) es una excelente manera de ganar puntos. Lo que no entiendo es porqué el resto de los ciudadanos lo permitimos. Como sigamos así todos los ateos, los progresistas, los no monárquicos y los que no vemos con buenos ojos a los gobiernos que regulan hasta a qué puede jugar un niño perderemos el derecho a reivindicar la libertad. Exactamente igual que perdimos el derecho de sentirnos españoles (por muy subjetivo que sea el sentimiento).

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Hacer historia

Entre todos los topicazos que estos días he escuchado con respecto al mundial me ha hecho mucha gracia lo que se ha insistido en que la selección ha hecho historia. Sé que el periodismo en general y el periodismo deportivo en particular se nutre de simplificaciones y de lugares comunes. Sin embargo lo de hacer historia me ha parecido el colmo de la simpleza.

Cierto, es la primera vez en la historia que España no sólo llega a una final sino que, además, la gana. Estupendo, somos campeones del mundo y bla, bla, bla. Pero de ahí a hacer historia…. buf. No sé, yo pensaba que hacer historia era desafiar al Senado y cruzar el Rubicón, pulverizando los dogmas morales sobre los que se asentaba la república romana. Hacer historia es poner la Tierra girando alrededor del Sol y arriesgarse a morir en la hoguera por ello. Hacer historia es encontrarse con América o descubrir la penicilina, aunque sea por accidente.

Sin quitarle mérito a los que se han batido el cobre en Sudáfrica, esta gente sólo (¡sólo!) ha hecho un buen trabajo. Uno que en España nunca nadie había hecho tan bien. Es cierto. Pero no han logrado nada cuyas implicaciones sean tan vastas y tan profundas que vayan a cambiar nuestra forma de ver las cosas. Mañana seguiremos teniendo un 20% de parados, nuestros políticos continuarán siendo un hatajo de incompetentes mezquinos y egoístas, todavía seremos el eslabón más débil de la cadena europea y, por supuesto, los holandeses continuarán usándonos como su destino de turismo basura.

Sólo he visto, de forma fugaz, un destello de esperanza en el periplo sudafricano. Durante una semana, por primera vez en bastante tiempo, todos hemos sentido una bandera, una identidad, una idea; pero fue una ilusión efímera que desapareció como vino. Vale, España ya ha ganado el mundial. Estupendo. Y ahora ¿qué?