Publicado en Pataletas

Halloween y yo

No quisiera yo pecar de cascarrabias. Aunque lo pueda ser. Y mucho. Pero es que estos días de tanta calabaza y tanta telaraña de algodón me nace la pataleta. Recuerdo, allá por los ochenta (¿cuándo ha pasado tanto tiempo desde entonces?), que el rollo ese de Halloween era una curiosidad que veíamos en las películas y en las series de la tele. Como acción de gracias. O el cuatro de julio.

Y de repente, sin saber muy bien cómo, me encuentro a mis hijas decidiendo de qué se quieren disfrazar. Mis vecinos llaman a la puerta pidiendo caramelos (en serio). Y por todas partes hay festivales zombies y talleres para rellenar calabazas de gominolas. Quizá exagero. O me he vuelto paranoico. Pero es que tengo la sensación de que Jack Skellington me persigue cantando por todas partes…

 

Ojo, que soy muy fan. Pero lo de celebrar aquí el Halloween con tanto ahínco se me hace como raro. No sé… ¿qué pensaríais si de pronto empezasen a quemar fallas en Sausalito? ¿Alguien se imagina a los honorables ciudadanos de Sant-Louis (Misuri) bajando en romería por la orilla del Misisipí? Friki ¿no? Pues eso.

Quién me iba a decir que un tipo como yo, que se está leyendo Danza Macabra de Stephen King con lápiz a mano para poder tomar apuntes, se quejaría por la invasion de ultratumba. Pero es que ente tanto icono aterrador echo de menos algo. 

Recuerdo que una de las primeras lecciones que recibí sobre qué es lo que da miedo, en lo literario me lo dio el bueno de Gustavo Adolfo llevándome  un 31 de octubre a visitar el puñetero Monte de las Ánimas. Tenemos una buena colección de tradiciones aterradoras por estos lares. Don Juan y su descenso a los infiernos o el estudiante de Salamanca, con aquellos versos escalofriantes:

Era más de media noche,

antiguas historias cuentan,

cuando en sueño y en silencio

lóbrego envuelta la tierra,

los vivos muertos parecen,

los muertos la tumba dejan

Eso por no hablar de la Santa Compaña. Que a parte de ser el mejor disco de Los Suaves, es una leyenda que te quita las ganas de pasearte por Galicia a altas horas de la madrugada.

Pues eso, que tradición y vocación por lo macabro no nos falta a este lado del Atlántico (si hasta tenemos una FP de Tauromaquia…). Pero lo de Halloween con toda su parafernalia y toda su obsesión de repetir el rito gringo con absoluta devoción se me antoja una tontuna.

Es genial tener un día para reivindicar el miedo. Pero a mi, que sigo devocionalmente Penny Dreadful, no me hace falta una excusa para disfrutar de los monstruitos. Sobre todo si para apuntarse a la fiesta hay que hacerlo a la americana. 

No sé, aquí tenemos leyendas urbanas para aburrir, desde sacamantecas a brujas montaraces. Quizá yo me creyese más lo de Halloween y me quedaría menos raro si pudiésemos aprovechar la Noche de Difuntos para meter un poco de miedo en el cuerpo con alguna criatura malrollera hispana.

Publicado en Pataletas

Desvergüenza

Pompeya era la segunda, o la tercera según la fuente, mujer de César. El entonces Pontífice Máximo se divorció de ella cuando encontraron en su casa a un vivales llamado Publio Clodio que se había metido allí engañando a Pompeya y a sus sirvientes. Según cuenta Plutarco, la inocencia de la mujer estaba fuera de toda duda y, sin embargo, César disolvió el matrimonio. “Mi esposa debe estar por encima de toda sospecha”. ¿Os suena la cita? Por lo visto a nuestros políticos no.
Tal vez, cuando los desvelos de Wert por hacernos tan cultos y tan listos surtan efecto lleguemos incluso a tener una clase política que lea a los clásicos. Mientras tanto lo que tenemos es un gobierno formado por un hatajo de presuntos sobornables.
Efectivamente, son presuntos porque nadie ha podido probar que la cúpula entera del PP, con su Presidente (del Partido y del Gobierno) a la cabeza, haya aceptado pagos puntuales recaudados entre donativos deshonestos. Aunque la honestidad de cualquier donativo a un partido siempre es presunta.
Creo que el punto más crítico del caso Bárcenas es ese: reconoce a las claras que un buen fajo de billetes es suficiente para engrasar las relaciones con el poder. En este caso las adjudicaciones que han mediado en otros casos de corrupción como Gürtel o Nóos son lo de menos. Lo peor del caso es disponer de la llave de un partido con capacidad de realizar reformas estructurales en un país gracias a su mayoría absoluta. Para mi la siguiente conclusión es clara e inquietante: cualquier legislación que surja de un gobierno así es susceptible de verse como respuesta a los intereses particulares de quienes financian a la cúpula de su partido y no la respuesta a las necesidades reales del país.
Es cierto que todo esto son suposiciones que sólo se sustentan que la fiabilidad que le demos al sujeto. Como se ha esforzado en insistirnos la prensa correveidile. Pero si no caemos en esa peligrosa actitud de desprestigiar un argumento únicamente por su autor y lo consideramos plausible, el panorama que se nos presenta es desolador. Y es cuando hay que acordarse de la pobre Pompeya.
En un país que pretende pasar por democrático hay sospechas que no se pueden tolerar. Situaciones mucho menos graves que esta han provocado dimisiones de ministros en otros países. Porque yo creo que esa es la única salida que hay en una situación como esta: la dimisión, inmediata e irrevocable, del presidente del gobierno. Y no es por Rajoy. Ni por su partido. Es por nuestra precaria salud democrática. En un país como el nuestro, en el que jamás existió una modernización social y política y donde todas las reformas estructurales desde la Restauración se han hecho a medida de los que mandan, ya no podemos tolerar determinados comportamientos.
Si no, cualquier ciudadano podría tomar el afán recaudatorio que mueve iniciativas algo vergonzantes – como el impuesto a la producción doméstica de energía, por ejemplo – por la respuesta a los intereses de aquellos que realmente mueven los hilos del poder. O, al menos, sus cuentas corrientes.
Publicado en Pataletas

Obstinación ludita

El ludismo fue un movimiento obrero algo peculiar que se extendió en Inglaterra a principios del siglo XIX. Su intención era la de protestar contra las condiciones de vida de los obreros ingleses que, al parecer, todavía empeoraron más con la introducción de las máquinas. El aspecto más anecdótico del movimiento era la forma en la que protestaban: se líaban a mamporros para acabar con las máquinas. 

Esa actitud de oposición férrea y violenta tiene algo de romántico pero también tiene mucho de patético. El esfuerzo inútil de emprenderla a golpes con lo primero que pillas.

En España sabemos mucho de eso de tratar de detener la evolución a martillazos. A fin de cuentas fuimos el último país de occidente en el que quemamos a alguien por hereje. En Valencia, precisamente. Donde nos gusta tanto eso de indignarnos pero, a la hora de la verdad, no hacemos nada por hacer cambiar las cosas. 

Me llama la atención como esa obstinación hace, muchas veces, que haya quien prefiera  seguir adelante por un camino obsoleto, condenado al fracaso de antemano, y vea cualquier intento de salir adelante, de abrir nuevos caminos, como un ataque directo hacia su subsistencia. Cuando su subsistencia está ya en entredicho. Desde hace mucho tiempo. 

Es más cómodo y más fácil echarle la culpa a otros, claro. Pero eso no nos va a hacer cambiar de rumbo. Tampoco lo hará la parasitaria clase política que tenemos. Aquí la única manera de cambiar las cosas es mover el culo. Cuanta más gente comprenda eso antes saldremos adelante.

 

Publicado en Comunicación, Pataletas

Mesas vacías

He tratado de mantenerme al margen. En la medida de lo posible. Y ha sido difícil porque el tema me despierta sentimientos contradictorios. Hasta que alguien puso en Facebook un enlace. Veo muchos últimamente sobre este tema. Pero este en concreto, sin contar nada nuevo, sin ser especialmente fiable, sin aportar nada más al tema que un montón de habladurías, me dolió. Fue esa foto, de mesas vacías y sillas abandonadas, la que me devolvió allí. Años atrás, cuando yo también me sentaba en una de esas mesas. O en otra parecida.

Fueron seis años los que pasé allí, de manera intermitente. Seis años en los que, efectivamente, fui testigo de docenas de desmanes y de derroches. En los que padecí a sindicatos incompetentes y a incompetentes no sindicados que ladraban mucho y mordían poco con tal de mantener la poltrona. Pero también fueron seis años en los que aprendí y disfruté. Compartí mi vida con un montón de gente increíble. Gente que me enseñó a trabajar en equipo. A ver la tele de otra manera. A disfrutar del subidón de adrenalina en un directo. A cazar falleras en una ofrenda. A currar. Y a reírme de todo en la medida de lo posible, aunque fuese editando un vídeo sobre John Ford a las dos de la mañana.

Aún me acuerdo de todos. En cierto modo, añoro aquellos momentos. Porque, aunque no me arrepiento en absoluto de haber dejado atrás esa época, los años que pasé entre esas mesas no volverán. En esta vida, para bien o para mal, todo tiene fecha de caducidad. Todo salvo la impunidad vergonzante de la que gozan algunos. Los mismos a los que nunca les importó llegar a esta situación. Porque en este caso, como en tantos otros últimamente  siempre pagan los mismos.

Va por ellos. Un abrazo compañeros. Aún desde el tiempo y la distancia se os recuerda. Y se os echa de menos.

 

Publicado en Pataletas

Anacronismos

Mira que hace tiempo que no me da para escribir nada que tenga un mínimo de actualidad. Pero hoy, precisamente, esperando una reunión que no tardará en producirse, me ha dado por ponerme digno. Lo siento pero voy a hablar de la huelga. O mejor dicho. De las huelgas.

No es la primera vez que toco el tema y, de hecho, durante la anterior Huelga General ya expliqué por qué yo no pensaba secundarla. Un post que por cierto ha sido de los que más comentarios han despertado por aquí. Pero ojo, antes de que me acuséis de nada, no estoy escribiendo esto buscando replicar aquél revuelo ¿o sí?

Realmente lo único que yo pretendo es reflexionar en voz alta sobre si hoy en día tiene sentido plantearse una huelga o si es un absoluto anacronismo. La huelga, como instrumento de presión, tenía sentido en un sistema de producción industrial donde la productividad de las cadenas de montaje marcaba el factor principal factor de diferenciación. Además esta productividad tenía una incidencia directa sobre la cuenta de resultados de la cadena de producción y sobre el propietario de esta. Era un sistema basado todavía en un capitalismo personal donde la titularidad de los medios de producción correspondía a unos señores con nombres y apellidos. La huelga, entonces, era un arma poderosa que además, servía para presionar directamente en la cartera de quienes, además del poder económico, solían detentar también el político (la relación era menos directa en países más industrializados como EEUU o Inglaterra pero resultaba flagrante en otros como España). Aquellas huelgas no eran cosa de broma y muchas de ellas acababan en tragedia.

Pero no estamos en 1899. Para bien y para mal. La estructura de la sociedad ha cambiado e incluso aquel capitalismo industrial no tiene mucho, o nada, que ver con el capitalismo financiero que, a través de los inútiles que nos gobiernan, nos ahoga. ¿De verdad tiene sentido tratar de combatir la situación con una táctica y una retórica que tiene más de cien años? No voy a negar que las huelgas, las generales sobre todo, quedan muy efectistas con sus pancartas, sus piquetes y sus sindicalistas indignados. Los medios se frotan las manos porque tienen tema de conversación para rato; los políticos (que son los que mejor rentabilizan las cuestiones propagandísticas), también porque a poco que se tuerzan las cosas – y en estos casos siempre se tuercen – van a tener un montón de cristales rotos y de piquetes vociferantes para deslegitimar la convocatoria; y por supuesto los sindicatos disfrutan en estos días en los que se rasgan las vestiduras y ocultan así los 364 días restantes de rascarse la barriga chupando del bote.

¿Y después? Después nada. Ese es el problema. Por mucho que protestemos, que nos quejemos y que dejemos de trabajar un día la cosa va a seguir así. Es más, aquello que no trabajemos hoy habrá que recuperarlo mañana con creces. En España el tejido empresarial lo forman pequeñas y medianas empresas que dependen de cada céntimo que les queda en la caja al terminar la jornada.  En un país así una huelga, por muy justificada que esté moralmente, no es que carezca de sentido, es que es un sin sentido.

Efectivamente hay que protestar. Efectivamente se están cometiendo tropelías que nos obligan a todos a pagar los desmanes de unos pocos.  Y, desde luego, las concentraciones, las manifestaciones y las protestas tienen todo el sentido del mundo. Rodear el congreso y apretarles las tuercas a la clase política tiene sentido. Pero la huelga, como concepto y como herramienta de presión, creo que ya carece de toda vigencia.

ACTUALIZACIÓN 16/11/2012

Anoche andaba yo echando un vistazo a las valoraciones del asunto. A parte de que algunas de las medidas que se plantean para medir la incidencia de la Huelga son vergonzantes (lo del consumo de luz es para quedarse solo dando collejas…) creo que el parecer general es que el seguimiento por parte de los trabajadores ha sido más bien escaso. De lo cual me alegro. Sin embargo las manifestaciones vespertinas fueron absolutamente clamorosas. De lo cual me alegro aún más. Es una lástima que ningún medio se haya detenido a profundizar en el significado de esto y que el análisis más coherente que haya leído al respecto haya sido en la página de Facebook de Tonino.

Publicado en Comunicación, Pataletas

Eppur si muove

Que sí. Violentos, antisistema, perroflautas, conspiradores judeomasónicos o la Corporación Dharma. Lo que queráis decir. Es una rabieta sin propuestas ni trascendencia que no va a ningún sitio. Vale. Lo que queráis.

Y, sin embargo, se mueve…

W-post

Publicado en Otras cosas, Pataletas

Liberales y conservadores

En España no existe el liberalismo. En esencia lo que tenemos es unos señores muy conservadores que, en materia económica, tienen muy claro que ellos y no el estado son los mejor capacitados para gestionar sus dineros (algo que no debería extrañarle a nadie, la verdad). Y allá cada cual con su responsabilidad social y su conciencia.

Me haría gracia, si no fuese tan perverso, que estos herederos de la tradición hayan sabido apropiarse de la bandera de la libertad e, incluso, enarbolara para atraer a su causa a emprendedores, economistas, etc…  La paradoja radica en que en cuanto alguien les reconoce esa capacidad para garantizar la libertad económica, parece obligado a aceptar otro comportamiento nada liberal: la imposición de una moral rancia, beaturra y tremendamente populista.

Supongo que es el precio que se debe pagar para tratar de amalgamar en un sólo partido TODOS los movimientos que no son socialdemócratas ni nacionalistas periféricos. Y es que conseguir representar bajo unas siglas y una bandera a liberales, nacionalistas, monárquicos, democristianos, conservadores y otras especies conlleva, necesariamente, sacrificios. El primero es olvidarse de todo aquello que separa para centrarse en lo que une. El segundo es estar dispuesto a comulgar con ruedas de molino para que todos en el grupo puedan sacar algo de tajada. Curiosamente el recorrido funciona en sentido inverso.

¿Y en la práctica qué supone esto? Pues que si crees que tenemos demasiados cargos y demasiadas administraciones,  si piensas que el gobierno no debería jugar a hacer magia con la economía y también suprimir los subsidios absurdos, si crees que la tiranía de lo políticamente correcto y correcta nos está volviendo gilipollas, automáticamente, debes aceptar que  la condición sexual determina tus derechos,  que la Iglesia es el único árbitro autorizado para decir lo que está bien y lo que está mal y que, por qué no, la agitación y la propaganda son la única forma de hacer política.

Entiendo que, con un gobierno metomentodo que quiere incluso decidir hasta qué cuentos van a poder leer mis hijas, esgrimir la libertad como bandera (aunque sea de una manera tramposa) es una excelente manera de ganar puntos. Lo que no entiendo es porqué el resto de los ciudadanos lo permitimos. Como sigamos así todos los ateos, los progresistas, los no monárquicos y los que no vemos con buenos ojos a los gobiernos que regulan hasta a qué puede jugar un niño perderemos el derecho a reivindicar la libertad. Exactamente igual que perdimos el derecho de sentirnos españoles (por muy subjetivo que sea el sentimiento).