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“El guardián invisible” de Dolores Redondo

Es curioso como todo lo que tiene que ver con este libro se me queda pendiente. Tuve pendiente en su momento leérmelo, pese a las ganas que tenía de hacerlo. Y tras haberlo hecho, por fin, llevo unos meses con su reseña por escribir. Pero tarde o temprano toda deuda tiene que ser saldada así que ahí va lo que a mi personalmente me pareció El guardián invisible de Dolores Redondo.

La novela acompaña a la inspectora Amaia Salazar, una integrante de la policía foral navarra formada en Quantico que se ve al frente de una investigación por asesinato múltiple en los alrededores de su pueblo natal.  Y eso acaba por suponerle más un problema que una ventaja puesto que sus recuerdos del lugar no son precisamente idílicos y su pasado amenaza con dificultar la resolución de un caso macabro, ya de por sí bastante complicado.

Mezclando elementos clásicos de género negro con elementos paranormales que profundizan en el folclore local, tengo que reconocer que Redondo ha logrado un resultando que engancha. La novela se lee de un tirón y creo que, pese a algunos tópicos algo manidos, la inspectora Salazar está bien caracterizada. Su historia personal es complicada y algo retorcida, a ratos resulta inverosímil es cierto, pero la mayor parte del tiempo contribuye a que el lector establezca una conexión con el personaje que le hace ganar mucho a la lectura de la novela.

Otro de los aciertos es la puesta en escena. La geografía baztanesa, con su bosque impenetrable y su paisaje recóndito, refuerza ese componente sobrenatural que pretende aportar al relato un componente de realismo mágico. A mi, personalmente, no terminó de convencerme ese aspecto esotérico y  algunas de las referencias al folclore local se me quedan muy alejadas de la realidad. Creo que el relato pierde verosimilitud por esa parte y no soy precisamente el tipo de lector que rehuye de lo fantástico. Aún así pienso hacerme con la segunda novela y, si finalmente es cierto eso de que la novela se va a llevar al cine, cumpliré religiosamente con el visionado.

Productos mucho menos dignos se hacen por ahí y los aplaudimos entusiasmados…

Imagen: Página oficial de Dolores Redondo

El guardian invisible

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Publicado en Libros, Viajes

Libros de viaje

Fue poco antes de conocer Nueva York, hace ya unos cuantos veranos, cuando adquirí la costumbre – vicio más bien – de llevarme siempre de viaje un libro. Aquel verano disfruté de unas vacaciones de verdad. Como las que teníamos en el colegio. Cuando septiembre era el horizonte que traía las promesas de un curso nuevo, de un mundo nuevo.

Ese verano, el neoyorquino, decidí no trabajar. Había terminado una temporada genial trabajando en la tele y me aguardaba la promesa de una reincorporación. Una promesa vacía, por cierto, como todas las que se hacían en esa tele moribunda. Pero entonces yo no sabía eso. Entonces, después de dos o tres años seguidos tratando de cazar programa tras programa, yo solo sabía que podía permitirme el lujo de echar el freno. Y lo hice.

Dediqué mi verano a preparar un viaje con el que llevaba años soñando. Leí cuanto pude, vi películas y documentales. Rastreé la red en busca de tiendas, bares, rincones y anécdotas. No quería un Nueva York de siete días y cinco noches con traslados incluidos. Quería Malas Calles y el Padrino, los Cazafantasmas, La Jungla 3, Érase una vez en América, Wall Street. Incluso quería Godzilla.

Poco a poco descubrí barrios. Caracteres. Posibilidades. Alquilé un apartamento. Encontré un lugar donde escuchar swing en directo. Compré unos billetes para volar a Niágara. Y poco a poco me fue dando cuenta que, pese a que todavía faltaban semanas para meterme en un avión, yo llevaba ya casi dos meses en Manhattan.

Con un interés un tanto obsesivo – me pasa siempre que viajo por placer – hice lo posible por consumir toda la información a mi alcance sobre la ciudad y sobre el país. El cine ayudó. Siempre lo hace. Pero sin duda fue la literatura la otra gran responsable de ir perfilando mi imaginario de la ciudad.

Nunca me ha gustado demasiado la literatura de viajes. No le acabo de ver la gracia a vivir un viaje a través de la experiencia de otro. Obviamente se pueden hacer excepciones, sobre todo cuando ese otro es Hemingway. O Conrad. Pero en general he huido siempre de la posibilidad de conocer un país o una ciudad a través de la percepción que de él ha tenido otro visitante. A no ser que el interés de ese visitante no sea el de hablar de él mismo y de sus vivencias si no del propio destino. De sus historias. De sus habitantes. De su vida.

A fin de cuentas de eso va la literatura. Por eso, antes de la aventura neoyorquina me hice con unas cuantas novelas. Muchas conocidas, otras no. Desde Auster a Puzo, pasando por muchos otros con menos lustre. Leí mucho antes del viaje. Pero también durante el mismo (es lo que tienen los vuelos transoceánicos). Incluso después de volver me resistí durante un tiempo a abandonar la isla que había ocupado mis pensamientos durante tanto tiempo. Seguí leyendo y logré así prolongar un poco más un viaje que todo el mundo daba ya por finalizado.

Supongo que fue más o menos entonces cuando terminé por asociar, irremediablemente, el libro y el viaje. En Nueva York tuve la suerte de acertar de pleno con un par de títulos que me ayudaron a sacarle a la ciudad todavía más dimensiones. Por eso, aunque ya nunca he podido preparar otras vacaciones con tanto esmero, sigo rascando siempre algo de tiempo para buscar lecturas al respecto. Porque echar un libro en la mochila es algo más importante que buscarse una manera de pasar el rato durante el vuelo.

PD – Algunos de mis libros de viaje :

NUEVA YORK: La Hoguera de las Vanidades, El Padrino

LONDRES: Campos de Londres, El retrato de Dorian Gray, Brick Lane,

PARIS: Bel Ami, Los miserables, Los cuatro jinetes de Apocalipsis

PRAGA: Las aventuras del soldado Svejk

ESTAMBUL: De parte de la princesa muerta, el ángel sombrío

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Las barbas griegas

Atenas es una ciudad fea. Por más que busques ese reencuentro atávico y te mentalices de que vas a conocer la cuna de la civilización, la realidad se ocupa rápidamente de sacudirte el romanticismo a golpes. Golpes de calor sofocante, golpes de ruido de cláxones, rodillazos contra el asiento delantero del taxi mientras hace eslálon entre el tráfico e impactos continuos en la línea de flotación del sentido común. Por que lo que más impacta de Atenas es su caos, su urbanismo sin sentido y depredador que ha hecho de la cuna de la civilización una macrourbanización casposa en la que los únicos vestigios de su antigua gloria se desparraman por un puñado de descampados.

Atenas es fea y, sin embargo, tiene cierto atractivo decadente e incomprensible. No creo que pueda atribuírsele únicamente gracias a un pasado que se remonta dos mil quinientos años atrás. Empiezo a pensar que su atracción, al menos para los de este lado del Mediterráneo, tiene mucho que ver con la empatía. He empezado a tomar conciencia de ello mientras leía Con el agua al cuello. Un título magnífico para una novela negra. El último caso del comisario Kostas Jaritos se adentra en paisajes tan conocidos que es imposible no verse reconocido en ellos: un país azotado por la crisis, una clase política inoperante y bastante cretina, una sociedad resignada y dolida que no es capaz de hacer nada más que quejarse y unos bancos que se convierten en el principio y en el fin de todos los males que asolan la sociedad.

Pero Con el agua al cuello no es una novela social, o lo es únicamente en la misma medida en que lo son otras novelas negras. El libro tiene sus asesinatos, sus polis malos, sus falsos culpables y su madero despistado dando tumbos por el Ática. El argumento que urde Petros Márkaris no habla directamente de la crisis pero es consecuencia directa de ella. Precisamente gracias a eso, caminamos acompañando al comisario Jaritos en su periplo por una ciudad duramente golpeada por la coyuntura económica, donde las decisiones públicos se toman casi aleatoriamente, tratando únicamente de aplacar a una Troika de poderes extranjeros que supeditan toda ayuda a unas condiciones, ironías del destino, auténticamente draconianas.

Creo que es entonces cuando se produce la identificación. Empiezas a entender a ese país tan lejano y, al mismo tiempo, tan próximo. Te ves reconocido en los personajes secundarios y comprendes que algo similar podría pasar aquí. Perdón, está pasando aquí.  Entonces te das cuenta de que las noticias que llegan de Grecia ya no pillan tan lejos. Y de que, como no nos espabilemos, nuestras propias barbas tienen los días contados.

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Berlin Noir

Estas navidades conocí a un tipo. Se llama Bernhard Gunther aunque todo el mundo lo llama Bernie. Es tipo un poco desagradable, cínico y creo que bastante bocazas. Aun así creo que es un buen hombre. Quizá demasiado bueno. Por eso no para de meterse en problemas. De hecho creo que a Bernie lo ha metido en problemas todo el mundo. En el 36 lo metieron en problemas los nazis, en el 38 sus excompañeros de la KRIPO, en el 47 los espías rusos del NKVD y creo que en el 49 los nazis fugados de Odessa. Digo creo porque apenas me he empezado su cuarta novela. Las otras tres me las he leído de un tirón.

Tengo cierta fijación con el género negro. En el cine, en la literatura, en el cómic… incluso en los videojuegos. Me gustan las historias de gángsters, de polis corruptos, de dectectives marginados y de chicas malas. Y en esto, como en algunas otras cosas, también pienso que es difícil ponerse a la altura de los clásicos. Si tuviese que escoger un autor, y sólo uno, de novela negra escogería sin duda a Chandler. Marlowe es el arquetipo perfecto de todo lo que es el género. Hasta ahora no había encontrado a nadie que estuviese a su nivel. Me han gustado algunos Carvalhos, Montalbanos y Wallanders. Incluso el Patrick Kenzie de Lehane, y su socia, tienen su aquél. Pero a todos tiendo a compararlos con Marlowe. Y todos salen perdiendo. Bernie Gunther, sin embargo, aguanta el tipo.

Philip Kerr, que es el autor de las desventuras de Gunther, ha logrado componer un personaje genial. Gracias a la referencia continua al estilo clásico pero, también, gracias al marco histórico que ha escogido para ambientar sus obras: la Alemania previa y posterior a la Segunda Guerra Mundial. Y lo describe con un realismo escalofriante. Acompañamos Bernie por el Berlín nacionalsocialista asistiendo fascinados a una ciudad que se precipita hacia el horror a toda velocidad sin que nadie haga nada en absoluto por evitarlo (y, de hecho, la mayoría de los que se cruzan en el camino de Gunther son en buena parte responsables de la caída). Sin embargo Kerr logra sumergirnos en la atmósfera de una manera impecable y lo hace sin juzgar los hechos y a las personas desde nuestra perspectiva histórica. De hecho el único que analiza, juzga y se involucra es Bernie, un tipo íntegro, rodeado de indeseables, que no para de meterse en problemas por tratar de hacer lo que cree correcto. Al fin y al cabo ¿no es esa la quintaesencia del género?

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Huxley tenía razón…

Me leí Un mundo feliz por recomendación de un profesor de filosofía del instituto. Al principio no terminó de convencerme el planteamiento. Supongo que lo tomé demasiado literalmente y no acabé de entender los peligros sobre los que nos estaba advirtiendo Huxley. De hecho, por aquella época, entendía mucho mejor la alegoría de Orwell y su Gran Hermano (qué tiempos aquellos en los que la Milá sólo presentaba tertulias…). De hecho hasta no hace mucho pensaba – muy apocalíptico yo – que 1984 era un libro visionario, quizá uno de los que mejor predecían lo que estaba por venir.

Sin embargo hoy en día me doy cuenta de lo equivocado que estaba al respecto. Ya llevaba tiempo rumiando que Huxley tenía razón y que sus vaticinios, enfocados desde un punto de vista mucho más fantasioso, era más acertados de lo que parecía a simple vista. Huxley formuló su hipótesis en 1932 cuando la sociedad de masas estaba apenas dando sus primeros balbuceos y el boom del consumo como motor económico tardaría en iniciar su eclosión. Cuando Huxley escribió Un mundo feliz la fecundación in vitro era ciencia ficción y al ocio le quedaban treinta años para empezar a ser una industria global.

Esta mañana he encontrado esta inquietante comparativa en Gurus Blog. Me ha parecido una gran comparativa de dos visiones distópicas que han marcado en gran medida el Siglo XX (y, en consecuencia, el XXI); además, creo que resume muy bien por qué, hace 78 años, Huxley tenía razón…