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El hombre lobo: Lon Channey ha vuelto

Ayer fue mi cumpleaños así que la mejor manera que se me ocurrió para acabar el día fue irme al cine. Tenía curiosidad por ver el nuevo Hombre Lobo. Me había llamado la atención esa estética decimonónica y, como suelo tener ataques de nostalgia por los monstruos entrañables y sencillos de las pelis antiguas de terror me pareció una buena elección. La verdad es que no albergaba muchas esperanzas porque, últimamente, cuantas mas expectativas me genera una película más me defrauda después. Sin embargo El Hombre Lobo fue una sorpresa muy agradable.

No le busquéis originalidad, ni profundidad, ni complejidad. La película es simple, arquetípica y, sobre todo, muy honesta. Es de esas pelis que no aspiran más que a entretener y, por eso mismo, resulta ser un entrañable homenaje al clásico de la Universal en el que se basa.  Realmente me dio lo que iba buscando: un desarrollo clásico, efectos especiales bien hechos pero no excesivos, un montón de decorados reales (genial ese Londres frío, oscuro y tridimensional, alejado de los chromas de diseño), buenos actores bastante correctos y, por encima de todo, una atmósfera espectacular.

Es cierto que, en algunos momentos, el Hombre Lobo tiene una edición un poco extraña y, para mi gusto, le sobra casquería pero en general la peli es muy, muy divertida. Se aleja de la burla adolescente o videoclipera con la que han desifrazado últimamente a los hombres lobo y, además, revive mediante guiños frecuentes algunas de las mejores apariciones en pantalla de la bestia peluda. Y no le busquéis tres pies al lobo 😉

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Invictos sin épica

Invictus es la mejor película que he visto últimamente en el cine y, sin embargo, me ha defraudado. Supongo que las expectativas con las que fui a verla era demasiado altas. Claro que, tratándose de Clint Eastwood, es normal crearse esas expectativas. También es normal que después de Gran Torino, El Intercambio y Cartas desde Iwo Jima (quizá una de las mejores películas bélicas de la historia) uno esté acostumbrado a esperar películas con una calidad excepcional, muy por encima del mediocre panorama cinematográfico habitual. Si, además, la historia que vas a ver cuenta la historia de un personaje de la talla de Nelson Mandela el listón queda por las nubes.

Invictus tiene una factura impecable y un ritmo excepcionalmente bien llevado. Morgan Freeman mimetiza a Mandela de tal modo que brilla muy por encima del resto del reparto (incluído un Matt Damon con cuyo personaje no acabé de empatizar en ningún momento). Sin embargo la sensacion que deja la película es de absoluta superficialidad. Pese a la grandeza y la trascendencia del momento histórico del que habla apenas podemos llegar a entender lo que supuso la presidencia de Mandela; yo eché de menos una mayor profundidad a la hora de retratar el fenómeno del apartheid, de hacernos entender la división entre las dos sociedades surafricanas…

Sin ese retrato, sin ese trasfondo (que se esboza pero apenas se concreta) no podemos entender la épica que hay detrás de la figura de Mandela y el símbolo que debe ser ese equipo de rugby se queda cojo. Lo que me defraudó de Invictus fue precisamente eso, que la gran metáfora sobre el perdón, el compromiso y la grandeza que estábamos esperando ver se queda en una simple anécdota deportiva.

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Pitufos del espacio

No tenía pensado escribir sobre Avatar. La vi al poco del estreno, me gustó, me lo pasé bien, me comí un montón de palomitas y disfruté de una peli de aventuras con mucho ritmo. La década larga que se pasó el señor Cameron dándole vueltas a la cabeza para convertir Pandora en algo más que un decorado hueco han dado un buen resultado. Sin embargo, con el revuelo que se ha montado últimamente (incluido ese sospecho giro comercial  de los Globos de Oro), he decidido subirme al carro de estos pitufos sobredimensionados y añadir yo también unas líneas sobre Avatar.Estela 1 - Fuego y Cenizas (Norma)

Es frecuente que, en una película como esta, se invierta mucho trabajo en dar riqueza visual a la ambientación en detrimento de la historia que se cuenta. Supongo que ninguno esperábamos una trama como la de Testigo de Cargo pero me ha hecho gracia comprobar que más de uno ha encontrado (y ha documentado) los paralelismos entre la película de Cameron y otra aventura colonial: Pocahontas. De hecho, los que sepan inglés, pueden comprobarlo ellos mismos en esta sinópsis de Avatar.

Pero Disney no es la única influencia que me he encontrado y, de hecho, esta otra me ha hecho bastante más gracia. Por lo visto Cameron, o alguien de su equipo, es aficionado al cómic europeo. Creo que todo el que haya visto la película reconocerá esta imagen de la serie francesa Estela (Sillage); sin entrar ya a valorar  los conceptos comunes en la historia, no me negaréis que podemos apuntarla como una de las fuentes de inspiración de Avatar…

De todos modos, el hecho de que la película se haya construido sobre algunos materiales preexistentes no le quitan mérito a Cameron. Su película es divertida, ha alcanzado importantes logros técnicos y lleva camino de convertirse en un fenómeno de masas. Tampoco le vamos a pedir más.

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Zombies, palomitas y heavy metal

Después de pasarme media vida consumiendo cine he llegado a la conclusión de que sólo me gustan dos tipos de películas: las que son buenas y las que no aspiran a serlo. Y estas segundas, si están bien hechas, me gustan mucho. El cine nació como un entretenimiento de barraca de feria y, pese a que todas las obras maestras que ha generado desde entonces lo han convertido en un arte por méritos propios, a mi también me gusta comprarme un enorme cucurucho de palomitas y ver una peli gamberra y sin pretensiones que aspire únicamente a hacerme pasar un buen rato.

Ayer pasé uno de esos buenos ratos gracias a Bienvenidos a Zombieland. Me imagino que no sorprenderé a nadie si digo que no es una buena película. Sin embargo es una película honesta que, precisamente, no aspira a nada más que a resultar divertida. Y lo consigue. La historia es simple, los personajes están son bastante esquemáticos y la película es muy salvaje, pero Bienvenidos a Zombieland es también una road-movie llena de humor, de guiños cinéfilos impagables y con una banda sonora muy potente.

Desde unos títulos de crédito – geniales en su montaje a ritmo de For Whom The Bell Tolls de Metallica – visualmente impactantes, la película marca un tono gamberro que se acentúa con diálogos bordes y con un Woody Harrelson que ha disfrutado a fondo, y se nota, haciendo la película. Me encantó toda la secuencia de la mansión de Beverly Hills y creo que la aparición de Bill Murray es todo un homenaje a ese gran cine de entretenimiento que se hacía en los 80.

Para mi, Bienvenidos a Zombieland ha sido todo lo que Grindhouse podría haber llegado a ser si Tarantino y Rodriguez no la hubiesen inflado de pretensiones: un entretenimiento fácil y simpático cargado de balas, zombies y heavy metal. Tampoco se le puede pedir mucho más ¿no?

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Historia sin historias

Me gusta mucho escribir, soy consciente de que me ha gustado desde los catorce o quince años pero, pese a haberlo intentado habitualmente, siempre se me ha resistido la ficción. He escrito muchos relatos, he empezado dos novelas y he esbozado multitud de tramas pero creo que me ha faltado voluntad y, sobretodo, talento para ser capaz de hilar convenientemente una historia. Por eso siento una especial admiración por todos aquellos escritores capaces de trazar un argumento, armar una historia sobre él y desplegar a su alrededor un  abanico de personajes cuyas vidas estás deseando conocer.

Cuando me fui a ver Ágora esperaba encontrarme algo de eso. Sobretodo después de la sorpresa que me encontré con Mar Adentro, un film que en su momento vi más por convención que por convicción y que me pareció absolutamente absorvente. Por eso me defraudó Ágora. Amenábar ha desplegado un artificio técnico impecable, ha conseguido devolver la antigua Alejandría a la vida y ha lanzado unas cuantas andanadas contra el fanatismo, la intolerancia y el desprecio a  la ciencia. Pero hasta ahí llegan los méritos del film.

Cuando acabó la película me di cuenta de que Ágora no me había contado nada. No sabría resumir en unas líneas el argumento y creo que ahí radica su gran fallo. Ágora carece de historias personales en su desarrollo que te enganchen, que entiendas, que asimiles y te emocionen. No hay un hilo conductor que contextualice las vidas de los personajes que pasean por la pantalla y las haga verosímiles dentro de los sucesos tempestuosos que ha querido retratar Amenábar (con un despliegue y una corrección inaudita en el cine español, todo hay que decirlo).

Al final la historia de Hipatia queda diluida y, pese al oficio de mi admirada Rachel Weisz, su destino y el de todos los que la rodean te deja un poco indiferente. Y no fui el único que tuvo esa sensación. Todas las personas que venían conmigo se quedaron igual de fríos y después de conversar un rato al respecto, nos dimos cuenta de que no entendíamos las motivaciones de ningún personaje. Por eso, pese al interés del periodo, de los personajes y de los sucesos, nos defraudó bastante el resultado.

Enganchar al espectador (o al lector) es un arte complicado; requiere planificación, intuición, sensibilidad y mucho esfuerzo. Hitchcock decía que para entretener al espectador y hacerle pasar un buen rato en la sala había que hacer que traspasase la pantalla y para eso debía conocer al protagonista hasta el punto de llegar a identificarse con él. Pienso que ese principio, tan simple y tan absolutamente complejo, es el que te lleva a sufrir la ansiedad de Cary Grant en ‘Con la muerte en los talones‘ o la angustia de James Stewart en ‘Vértigo‘; pero creo que también fue eso mismo lo que me llevó a odiar a Aqab, a temer a Long John Silver, a seguir a Aragorn o a comprender a Lisbeth Salander.

Seducido por la Historia, a Amenábar se le olvidó contar la vida, las historias de sus personajes y, al no cuidar esos detalles, todo le ha quedado demasiado frío. Por eso a mi, personalmente, no me ha acabado de entusiasmar Ágora.

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Sí, la cosa funciona

Me he pasado casi todo el verano sin entrar en una sala de cine. Y eso que, con el pegajoso calor que hemos tenido en Valencia los últimos tres meses, una sala oscura y fresquita era para mi el concepto más cercano al paraíso terrenal. El problema es que ése era, precisamente, el único aliciente que le encontraba a pagar la entrada: el aire acondcionado. Más de una noche, con un mono tremendo de cine en pantalla grande, me he quedado cabreado en la taquilla mirando estupefacto una oferta infecta. Tampoco creo que sea un espectador excesivamente exigente. Es que, después de dedicar cuatro años de mi vida a escribir sobre cine, ya no estoy dispuesto a tragarme según qué cosas.

Más por inercia que por convicción rompí mi abstinencia este fin de semana y saqué entradas para la última de Woody Allen. No había leído opiniones muy favorables en los críticos con los que más coincido (los únicos a los que se debe hacer caso) pero no he faltado a la cita anual con Allen y tenía mono de cine así que…

Tengo que decir que esbocé la primera sonrisa nada más aparecer los títulos de crédito: sobre la misma tipografía que siempre ha empleado el director me encontré escuchando al mismísimo Groucho Marx cantar “Hello, I must be going“. Eso bastó para hacerme esbozar un pequeña sonrisa que ya no me abandonó en la hora y media justa que dura el film. Realmente “Si la cosa funciona” no es una película hilarante pero Allen la ha dotado de suficiente mala leche como para hacer que resulte graciosa.

Además me ha gustado ver que, tras sus aventuras europeas (más o menos afortunadas), Woody Allen ha sido capaz de retomar sus retratos neoyorquinos con el pulso que le exige su ciudad hoy en día. De hecho, y hasta cierto punto, esta “Si la cosa funciona” (traducción, para mi gusto, algo peregrina para el whatever works del original) me ha parecido una revisión aguadilla de su Annie Hall, adaptada a los tiempos que corren.

También creo que Woody Allen ha aprovechado su retorno para ejecutar su particular acto de justicia poética cinematográfica con el universo rural, republicano y sureño que representaba el anterior inquilino de la Casa Blanca.

Por lo demás me ha gustado mucho el nivel de los diálogos y la recuperación de ese personaje neurótico, hipocondríaco y profundamente marxista (por Groucho, claro) que en lugar de hablar dispara una pulla detrás de otra.

Habrá quien tilde “Si la cosa funciona” de película menor y dirá de ella que carece de profundidad y de aspiraciones. Puede ser. Yo lo único que puedo alegar en su defensa es que me reí, disfruté y no me arrepentí en absoluto de haber desembolsado los 6 euros.

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In Pixar We Trust

Llevo tiempo quejándome de lo lamentable que es la programación cinematográfica últimamente (y por últimamente me refiero a los últimos cuatro o cinco años). Y lo malo del caso es que, después del chasco que me llevé con Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal, empiezo a perder las esperanzas incluso en los valores seguros que más horas de entretenimiento me han proporcionado.

Pero entonces llega Pixar y estrena una nueva película. Y el cine vuelve a ser un espectáculo maravilloso. Acabo de ver Up y me parece la mejor película que se ha estrenado en España desde Gran Torino.

Sin llegar a la perfección absoluta que para mi tiene Wall-E, Up es el retorno al cine de aventuras más clásico. El ritmo, la acción, los personajes… todo encaja a la perfección para trazar un espectáculo clásico que, además, la gente de Pixar ha sabido dotar de una impresionante profundidad humana. Me emocionó mucho la manera de trazar la biografía del personaje a través del prólogo; me fascinó como la perfección técnica de la animación sostiene parte de la narrativa; incluso me convenció en alguno de sus aspectos más convencionales (el desahogo cómico, la resolución de ciertos aspectos…).

Ojalá se hiciesen más películas como Up. Ojalá todos los estudios tuviesen el amor al cine que muestra Pixar. Ojalá todos los cineastas fuesen tan delicados con su trabajo. Ojalá encontrase más razones como esta para poder volver al cine todas las semanas.