Este fin de semana hemos asistido a una situación aterradora en Turquía. Todo el planeta ha vivido en tiempo real la fallida asonada. Hemos visto las escalofriantes imágenes de los helicópteros bombardeando edificios civiles y de los escudos humanos delante de los tanques saben a lo que me refiero. Como vivimos en la época de la información hemos podido saber en todo momento que estaba sucediendo.

¿Seguro? Porque yo no lo tengo tan claro. Las explicaciones que ha dado el todavía primer ministro turco suenan a excusas y la represión que se plantea está adoptando todo el cariz de una sangrienta venganza. No es mi intención ponerme aquí a analizar la compleja situación de la política interior turca. No tengo la capacidad de la experiencia. En realidad mi única intención era llamar la atención sobre lo poco que en realidad sabemos sobre los porqués del ruido de sables en Ankara.

Bueno, ya que estamos, también puedo aprovechar para felicitarme porque el gobierno español fuese uno de los primeros en condenar la intentona. El ministro de exteriores en funciones, José Manuel García-Margallo, se apresuró a condenar -según cita Ecodiario– “cualquier Golpe de Estado sin reserva alguna”. Eso también se hace extensivo al que sufrió en España hace hoy exactamente ochenta años.

A veces se nos olvida pero hace unos catorce años todos los partidos políticos españoles con representación parlamentaría entonces condenaron por unanimidad el trágico acontecimiento que terminó con la II República. Se habla poco de ellos pero esos acuerdos son los que hacen Historia. Con mayúsculas. Porque son los que nos ayudan a trazar líneas rojas entre lo que es aceptable y lo que no.

Rebelarse a tiros contra un orden constitucional legalmente establecido queda fuera de lo que se puede tolerar, por muy caótico e ineficiente que sea este. Es algo en lo que, por una vez, todos los partidos políticos parecieron estar de acuerdo. En días como hoy no está demás recordarlo.

Portada del NY Times el 18 de julio de 1936

Portada del NY Times el 18 de julio de 1936 (imagen de El Confidencial)