En 1938 el primer británico Neville Chamberlain volvió de un encuentro con Hitler pensando que el austríaco era un tipo afable que buscaba tanto como él una paz duradera en Europa. En poco más de un año las divisiones Panzer se paseaban por París. A Chamberlein le hizo falta que la Luftwaffe arrasase el centro de Londres para darse cuenta de que no podía estar más equivocado.

En realidad Europa estuvo en guerra desde que el susodicho austríaco del bigote ridículo prendió fuego al Reichstag en 1933. Fue toda una declaración de principios sobre lo que pensaba sobre la democracia. Pero ni Francia ni Gran Bretaña querían darse cuenta. Y acabaron haciendo frente a la Guerra que más vidas humanas se ha cobrado en toda la historia.

No estamos en 1933. Pero las banderas negras con letras blancas del Estado Islámico se parecen demasiado a las de las SS. Un nuevo orden que en realidad es muy viejo. El viejo terror del fanatismo y la ignorancia. Estamos en guerra. Y cuanto antes nos demos cuenta de ello, mejor podremos actuar en consecuencia. Porque esta guerra no se parece en nada a cualquier otra que hayamos tenido que librar antes.

En primer lugar porque el enemigo no es quien a priori podríamos pensar. El Islam no tiene nada que ver con esto. La sharia, el Estado Islámico y ese peregrino califato no son más que excusas para revivir un viejo oponente. El de la intolerancia que, alimentada por la injusticia –la nuestra en mayor medida–, acaba desencadenando la más horrorosa violencia. Esa es la clave del combate que se está librando. Y todavía no nos hemos dado cuenta. Porque si lo hubiésemos hecho estaríamos enfocando el hecho de otra forma.

Para empezar combatiríamos al enemigo desde dentro. Como él está haciendo con nosotros. El hecho de que anoche los combatientes pudiesen moverse con total libertad por Paris demuestra hasta qué punto están cómodos viviendo entre nosotros. Aquí, sin embargo, no hacemos nada por comprenderlos a ellos. Por entender qué les lleva a actuar como lo hacen. Por qué Francia  –o España, no nos olvidemos de ello– están enviando todas las semanas jóvenes desclasados, pobres y enfervorecidos a los campos de entrenamiento del Estado Islámico, porque creen haber hallado en la religión (en este caso es el Islam pero también los soldados alemanes de la segunda Guerra Mundial llevaban en el cinturón el lema Dios está con nosotros), el lugar que su rico y satisfecho país –Francia, España, Alemania, Gran Bretaña…– parece haberle negado. En el fondo no son más que otros vikingos pobres buscando su Valhala.

Y ahí es donde empieza la batalla. En demostrarles que, aunque hay otros mundos, todos están en este. La maquinaria de reclutamiento del Estado Islámico maneja con una precisión escalofriante las herramientas de propaganda y adoctrinamiento –sé que me repito con el ejemplo nazi pero… ¿alguien conoce al doctor Goebbels? Pues eso–. Y en este frente, por ejemplo, no estamos haciendo nada. O mejor dicho, estamos haciendo lo que ellos quieren que hagamos: nos rasgamos las vestiduras, compartimos mensajes de caos y pánico, incendiamos las redes con mensajes de odio que solo logran añadir más combustible a la hoguera de la violencia.

Pero no les combatimos con eficacia. No los desarmamos de los argumentos dialécticos que los llevan a armarse después con cualquier otra cosa. Y esas cosas siempre son de las que escupen proyectiles de 7,62mm. Es un asunto muy complejo. Pero tenemos la suerte de poder empezar en casa. En los barrios en los que la inmigración está desesperada. Curiosamente entre ellos están nuestros mejores aliados. Entre esos refugiados que nadie quería este verano. Ellos deberían ser los primeros en integrarse para convertirse en nuestros abanderados.

Necesitamos construir una red global que desarme al enemigo de sus mejores armas: los argumentos de su propaganda. No voy a ser tan ingenuo de pensar que solo con eso cundirá la paz universal. Sigo opinado que, después de la monumental cagada de Irak –donde hunde en parte sus raíces este desastre–, va a ser necesario seguir manchándose las manos durante mucho tiempo en Oriente Medio. Unos tipos que fusilan niños necesitan que de vez en cuando alguien les enseñe que tiene un fusil más grande.

Pero únicamente a tiros no vamos a ganar esta guerra. Y eso es algo que no podemos perder de vista. Algo como lo de ayer en París exige analizar profundamente al atacante: comprender su entorno, estudiar sus relaciones y tratar de convertir al resentido en aliado. Hay un viejo lema del activismo que se hizo conocido después de la batalla de Seattle: piensa globalmente, actúa localmente. Este nuevo enemigo fanático y enfurecido lo ha comprendido. ¿Cuánto tardaremos nosotros asimilarlo?

La libertad guiando al pueblo, Delacroix