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Pese al título no voy a hablar de Hitchcock. Y ahora que lo pienso, bien que debería puesto que es uno de mis realizadores favoritos. Pero no; esto, pese a lo que pueda parecer, no va de cine sino de literatura.

Los trenes tienen algo de mágico, de nostálgico, que evoca inequívocamente el Viaje, con mayúsculas. Ese periplo que es vital y geográfico al mismo tiempo (todos los viajes deberían serlo en realidad) y jamás tuvo nada que ver con pulseras de todo incluido en Punta Cana. De hecho es lo opuesto a eso.

Es un frío vagón traqueteante que huele a huída. Es una noche en blanco en la butaca desgastada. Es un paisaje derritiéndose en un chorro de color que tiñe fugaz la ventanilla. Es Termini. Es Austerlitz. Es Sirkeci. Es Victoria. Son tantas y tantas historias que han recorrido caminos de hierro por paisajes baldíos y junglas exóticas.

En El traje del muerto Joe Hill dice, por boca de uno de sus personajes, que no se puede llegar al Sur de EEUU en avión. Que hay que desplazarse en un medio más lento porque toma cierto tiempo llegar a determinados lugares.

Esa es la grandeza del tren, que el destino no importan gran cosa. Lo importante es ese Viaje que está tan íntimamente ligado a la historia de la literatura viajera del siglo XX.

Por eso me parece tan interesante una iniciativa que ha tenido hace poco Amtrak, la empresa pública de ferrocarriles estadounidenses. Este año va a seleccionar a 24 escritores para que se instalen en sus líneas de larga distancia. Para ellos habilitarán un compartimento con un escritorio y les proporcionarán comida y alojamiento a bordo durante el tiempo que dure el viaje, entre dos y cinco días. A cambio los escritores sólo tiene que hacer una cosa: dejar que el Viaje los guíe mientras escriben.

Foto: SİRKECİ TREN GARI de Enver Manço