Pompeya era la segunda, o la tercera según la fuente, mujer de César. El entonces Pontífice Máximo se divorció de ella cuando encontraron en su casa a un vivales llamado Publio Clodio que se había metido allí engañando a Pompeya y a sus sirvientes. Según cuenta Plutarco, la inocencia de la mujer estaba fuera de toda duda y, sin embargo, César disolvió el matrimonio. “Mi esposa debe estar por encima de toda sospecha”. ¿Os suena la cita? Por lo visto a nuestros políticos no.
Tal vez, cuando los desvelos de Wert por hacernos tan cultos y tan listos surtan efecto lleguemos incluso a tener una clase política que lea a los clásicos. Mientras tanto lo que tenemos es un gobierno formado por un hatajo de presuntos sobornables.
Efectivamente, son presuntos porque nadie ha podido probar que la cúpula entera del PP, con su Presidente (del Partido y del Gobierno) a la cabeza, haya aceptado pagos puntuales recaudados entre donativos deshonestos. Aunque la honestidad de cualquier donativo a un partido siempre es presunta.
Creo que el punto más crítico del caso Bárcenas es ese: reconoce a las claras que un buen fajo de billetes es suficiente para engrasar las relaciones con el poder. En este caso las adjudicaciones que han mediado en otros casos de corrupción como Gürtel o Nóos son lo de menos. Lo peor del caso es disponer de la llave de un partido con capacidad de realizar reformas estructurales en un país gracias a su mayoría absoluta. Para mi la siguiente conclusión es clara e inquietante: cualquier legislación que surja de un gobierno así es susceptible de verse como respuesta a los intereses particulares de quienes financian a la cúpula de su partido y no la respuesta a las necesidades reales del país.
Es cierto que todo esto son suposiciones que sólo se sustentan que la fiabilidad que le demos al sujeto. Como se ha esforzado en insistirnos la prensa correveidile. Pero si no caemos en esa peligrosa actitud de desprestigiar un argumento únicamente por su autor y lo consideramos plausible, el panorama que se nos presenta es desolador. Y es cuando hay que acordarse de la pobre Pompeya.
En un país que pretende pasar por democrático hay sospechas que no se pueden tolerar. Situaciones mucho menos graves que esta han provocado dimisiones de ministros en otros países. Porque yo creo que esa es la única salida que hay en una situación como esta: la dimisión, inmediata e irrevocable, del presidente del gobierno. Y no es por Rajoy. Ni por su partido. Es por nuestra precaria salud democrática. En un país como el nuestro, en el que jamás existió una modernización social y política y donde todas las reformas estructurales desde la Restauración se han hecho a medida de los que mandan, ya no podemos tolerar determinados comportamientos.
Si no, cualquier ciudadano podría tomar el afán recaudatorio que mueve iniciativas algo vergonzantes – como el impuesto a la producción doméstica de energía, por ejemplo – por la respuesta a los intereses de aquellos que realmente mueven los hilos del poder. O, al menos, sus cuentas corrientes.