El ludismo fue un movimiento obrero algo peculiar que se extendió en Inglaterra a principios del siglo XIX. Su intención era la de protestar contra las condiciones de vida de los obreros ingleses que, al parecer, todavía empeoraron más con la introducción de las máquinas. El aspecto más anecdótico del movimiento era la forma en la que protestaban: se líaban a mamporros para acabar con las máquinas. 

Esa actitud de oposición férrea y violenta tiene algo de romántico pero también tiene mucho de patético. El esfuerzo inútil de emprenderla a golpes con lo primero que pillas.

En España sabemos mucho de eso de tratar de detener la evolución a martillazos. A fin de cuentas fuimos el último país de occidente en el que quemamos a alguien por hereje. En Valencia, precisamente. Donde nos gusta tanto eso de indignarnos pero, a la hora de la verdad, no hacemos nada por hacer cambiar las cosas. 

Me llama la atención como esa obstinación hace, muchas veces, que haya quien prefiera  seguir adelante por un camino obsoleto, condenado al fracaso de antemano, y vea cualquier intento de salir adelante, de abrir nuevos caminos, como un ataque directo hacia su subsistencia. Cuando su subsistencia está ya en entredicho. Desde hace mucho tiempo. 

Es más cómodo y más fácil echarle la culpa a otros, claro. Pero eso no nos va a hacer cambiar de rumbo. Tampoco lo hará la parasitaria clase política que tenemos. Aquí la única manera de cambiar las cosas es mover el culo. Cuanta más gente comprenda eso antes saldremos adelante.