Publicado en Libros

Las barbas griegas

Atenas es una ciudad fea. Por más que busques ese reencuentro atávico y te mentalices de que vas a conocer la cuna de la civilización, la realidad se ocupa rápidamente de sacudirte el romanticismo a golpes. Golpes de calor sofocante, golpes de ruido de cláxones, rodillazos contra el asiento delantero del taxi mientras hace eslálon entre el tráfico e impactos continuos en la línea de flotación del sentido común. Por que lo que más impacta de Atenas es su caos, su urbanismo sin sentido y depredador que ha hecho de la cuna de la civilización una macrourbanización casposa en la que los únicos vestigios de su antigua gloria se desparraman por un puñado de descampados.

Atenas es fea y, sin embargo, tiene cierto atractivo decadente e incomprensible. No creo que pueda atribuírsele únicamente gracias a un pasado que se remonta dos mil quinientos años atrás. Empiezo a pensar que su atracción, al menos para los de este lado del Mediterráneo, tiene mucho que ver con la empatía. He empezado a tomar conciencia de ello mientras leía Con el agua al cuello. Un título magnífico para una novela negra. El último caso del comisario Kostas Jaritos se adentra en paisajes tan conocidos que es imposible no verse reconocido en ellos: un país azotado por la crisis, una clase política inoperante y bastante cretina, una sociedad resignada y dolida que no es capaz de hacer nada más que quejarse y unos bancos que se convierten en el principio y en el fin de todos los males que asolan la sociedad.

Pero Con el agua al cuello no es una novela social, o lo es únicamente en la misma medida en que lo son otras novelas negras. El libro tiene sus asesinatos, sus polis malos, sus falsos culpables y su madero despistado dando tumbos por el Ática. El argumento que urde Petros Márkaris no habla directamente de la crisis pero es consecuencia directa de ella. Precisamente gracias a eso, caminamos acompañando al comisario Jaritos en su periplo por una ciudad duramente golpeada por la coyuntura económica, donde las decisiones públicos se toman casi aleatoriamente, tratando únicamente de aplacar a una Troika de poderes extranjeros que supeditan toda ayuda a unas condiciones, ironías del destino, auténticamente draconianas.

Creo que es entonces cuando se produce la identificación. Empiezas a entender a ese país tan lejano y, al mismo tiempo, tan próximo. Te ves reconocido en los personajes secundarios y comprendes que algo similar podría pasar aquí. Perdón, está pasando aquí.  Entonces te das cuenta de que las noticias que llegan de Grecia ya no pillan tan lejos. Y de que, como no nos espabilemos, nuestras propias barbas tienen los días contados.

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Autor:

Este plumilla es un periodista digitalizado y blogger en prácticas. Devorador de historia, batería frustrado y cocinero mediocre. En el DNI pone que se llama Marcos García y que nació en Valencia. Vive felizmente amancebado pagando a medias una dolorosa hipoteca. Tiene dos hijas y un gato. Le gustan los trenes, las novelas de Chandler, los sillones Chesterfield y el Beggar's Banquet de los Stones.

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