Publicado en Otras cosas

Relatividad constante

Son un ignorante en muchas materias. A veces me enorgullezco de ello. Otras no. No saber más de ciencia que un bachiller mediocre es una de las que no me entusiasman en absoluto. Sé que esta ignorancia me aleja de algunos razonamientos esenciales.

La teoría de la relatividad, por ejemplo. Es un hito que cambió la concepción de la física. Obviamente no se le pueden pedir peras al olmo y mi cabeza (obtusa) no lo abarca. Lo único que adivino al respecto, supongo que gracias a una imaginación portentosa, es que Einstein cuestionó con su teoría una de las verdades incuestionables: la inmutabilidad del tiempo.

Si el tiempo es relativo, todo puede llegar a serlo. Los muros caen y los dogmas se desvanecen. Supongo que es un hito más en una marcha lenta que se inicia con la primera pregunta, con la primera chispa, con la primera rueda.

Me gusta esa duda. Significa que no existe la verdad absoluta. Todo es relativo y, en última instancia, depende de la experiencia y el conocimiento. Creo que ese escepticismo es un valor sano. No hay que dar nada por sentado. Es el primer paso hacia la salida de la caverna. También hacia la hoguera.

Eppur si muove… Pienso, luego existo. Dudo, luego estoy vivo. La duda es el motor del cambio y de la evolución. La duda genera conocimiento a través del razonamiento, de la experimentación y de las preguntas. De hecho a veces se puede aprender más de las preguntas que de las propias respuestas.

El escepticismo, como principio, supone hacer muchas preguntas. Las preguntas son el único arma que tenemos contra los dogmas. Y los dogmas matan. Cuestionar las verdades universales, cuestionar los datos, cuestionar las ideas preconcebidas y tratar de averiguar qué, cómo, cuándo, dónde y por qué, sobretodo por qué. Por encima de las banderas y de los credos. Esa es la única actitud para entender mejor las cosas. Para hacerlas cambiar.

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Autor:

Este plumilla es un periodista digitalizado y blogger en prácticas. Devorador de historia, batería frustrado y cocinero mediocre. En el DNI pone que se llama Marcos García y que nació en Valencia. Vive felizmente amancebado pagando a medias una dolorosa hipoteca. Tiene dos hijas y un gato. Le gustan los trenes, las novelas de Chandler, los sillones Chesterfield y el Beggar's Banquet de los Stones.

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