Cuando uno se ha pasado buena parte de su vida profesional escribiendo y, además, ha tenido que hacerlo rápido, con presión y sometido a todo tipo de condicionantes externos, se acostumbra a producir líneas como una máquina de churros: tiene claros los ingredientes, tiene claro el objetivo y lo que queda en medio, el texto, lo improvisa al vuelo confiando en su capacidad para conseguir un resultado aceptable.

A lo largo de las dos últimas semanas he estado trabajando en el guión del documental del que he hablado últimamente. En un principio, con poco tiempo disponible por el día a día, me estaba temiendo no estar a la altura. Pensaba que tendría que escribir a toda máquina forzando un poco los contenidos para cumplir con los plazos. Sin embargo no ha sido así. No puedo decir que haya sido un paseo, el tiempo apremiaba y tuve que escribir el primer borrador casi de un tirón (una tarea imposible, por cierto, si no hubiese contado con la ayuda de Gemma), pero afortunadamente tuve un salvavidas que me mantuvo a flote durante todo el proceso de redacción: el tratamiento. El hecho de tener un plan maestro, una hoja de ruta que me llevaba del punto A al punto B y de ahí al C, me permitió concentrarme en la literatura sabiendo perfectamente de dónde venía y a dónde debía llegar.

La experiencia me ha recordado lo importante que es la información y la planificación previa. No sólo a la hora de escribir; cualquier acción con un objetivo concreto que exige un desarrollo táctico escalonado va a salir mejor si está planificada de antemano. Sobre todo si los implicados en su desarrollo conocen el plan. Si después surgen inconvenientes – que surgirán – la capacidad de reacción del equipo y su flexibilidad serán capitales, pero no cabe duda de que incluso estas producirán mejores resultados si se ejecutan de acuerdo a un buen plan.