Tovía no acabo de creerme la tontuna que se ha montado con Herman Tertsch. O mejor dicho, la tontuna que le han montado al Gran Wyoming los popes de la libertad de expresión. Justo los mismos que se callan y otorgan cuando un gobierno que les cae manifiestamente mal se pasa la susodicha por el forro de los anteproyectos dejando en manos de un comité de expertos el cerrojazo a los medios de comunicación que, en el fondo, es una página Web.

Pero esa es otra historia y me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Esta pataleta venía por el absurdo de una polémica absurda que, para mi, viene a ratificar que los que se consideran periodistas serios en este país no dejan de ser un hatajo de fariseos moralistas y correveidiles. En el  fondo me demuestran que, efectivamente, sólo los cínicos sirven ya para el oficio. Y es que lo de Tertsch es un auténtico ejercicio de cinismo: el implicado ha sido el primero que ha echado tierra sobre el asunto y no ha denunciado nada oficialmente sobre una agresión que cada vez me huele más a pelea de borrachos; eso sí, también ha sido el primero en rasgarse las vestiduras y hacerse la víctima en televisión. En la misma televisión donde unos días atrás no tuvo ningún problema en justificar el terrorismo de estado.

A mi el programa de Wyoming hace tiempo que dejó de hacerme gracia. Sin embargo con ese vídeo que algunos consideran tan aberrante sí me reí. Es muy difícil obtener una sonrisa de una barbaridad como la que dijo Tertsch y el que lo logró fue, simplemente, un programa de humor. Como tal hay que tomárselo y así hay que entenderlo. Porque si en este país fuésemos capaces de reirnos más y de más cosas – aunque sean las barbaridades que dice Tertsch – quizá nos tomásemos menos en serio las vestiduras rasgadas y los adalides de la libertad de expresión no tendrían más remedio que buscar notoriedad ocupándose de lo que nunca deberían haber dejado de ocuparse: meter en cintura a las instituciones que les dan cobijo y a las que tanto se cuidan de criticar.