Me gusta mucho escribir, soy consciente de que me ha gustado desde los catorce o quince años pero, pese a haberlo intentado habitualmente, siempre se me ha resistido la ficción. He escrito muchos relatos, he empezado dos novelas y he esbozado multitud de tramas pero creo que me ha faltado voluntad y, sobretodo, talento para ser capaz de hilar convenientemente una historia. Por eso siento una especial admiración por todos aquellos escritores capaces de trazar un argumento, armar una historia sobre él y desplegar a su alrededor un  abanico de personajes cuyas vidas estás deseando conocer.

Cuando me fui a ver Ágora esperaba encontrarme algo de eso. Sobretodo después de la sorpresa que me encontré con Mar Adentro, un film que en su momento vi más por convención que por convicción y que me pareció absolutamente absorvente. Por eso me defraudó Ágora. Amenábar ha desplegado un artificio técnico impecable, ha conseguido devolver la antigua Alejandría a la vida y ha lanzado unas cuantas andanadas contra el fanatismo, la intolerancia y el desprecio a  la ciencia. Pero hasta ahí llegan los méritos del film.

Cuando acabó la película me di cuenta de que Ágora no me había contado nada. No sabría resumir en unas líneas el argumento y creo que ahí radica su gran fallo. Ágora carece de historias personales en su desarrollo que te enganchen, que entiendas, que asimiles y te emocionen. No hay un hilo conductor que contextualice las vidas de los personajes que pasean por la pantalla y las haga verosímiles dentro de los sucesos tempestuosos que ha querido retratar Amenábar (con un despliegue y una corrección inaudita en el cine español, todo hay que decirlo).

Al final la historia de Hipatia queda diluida y, pese al oficio de mi admirada Rachel Weisz, su destino y el de todos los que la rodean te deja un poco indiferente. Y no fui el único que tuvo esa sensación. Todas las personas que venían conmigo se quedaron igual de fríos y después de conversar un rato al respecto, nos dimos cuenta de que no entendíamos las motivaciones de ningún personaje. Por eso, pese al interés del periodo, de los personajes y de los sucesos, nos defraudó bastante el resultado.

Enganchar al espectador (o al lector) es un arte complicado; requiere planificación, intuición, sensibilidad y mucho esfuerzo. Hitchcock decía que para entretener al espectador y hacerle pasar un buen rato en la sala había que hacer que traspasase la pantalla y para eso debía conocer al protagonista hasta el punto de llegar a identificarse con él. Pienso que ese principio, tan simple y tan absolutamente complejo, es el que te lleva a sufrir la ansiedad de Cary Grant en ‘Con la muerte en los talones‘ o la angustia de James Stewart en ‘Vértigo‘; pero creo que también fue eso mismo lo que me llevó a odiar a Aqab, a temer a Long John Silver, a seguir a Aragorn o a comprender a Lisbeth Salander.

Seducido por la Historia, a Amenábar se le olvidó contar la vida, las historias de sus personajes y, al no cuidar esos detalles, todo le ha quedado demasiado frío. Por eso a mi, personalmente, no me ha acabado de entusiasmar Ágora.