Me he pasado casi todo el verano sin entrar en una sala de cine. Y eso que, con el pegajoso calor que hemos tenido en Valencia los últimos tres meses, una sala oscura y fresquita era para mi el concepto más cercano al paraíso terrenal. El problema es que ése era, precisamente, el único aliciente que le encontraba a pagar la entrada: el aire acondcionado. Más de una noche, con un mono tremendo de cine en pantalla grande, me he quedado cabreado en la taquilla mirando estupefacto una oferta infecta. Tampoco creo que sea un espectador excesivamente exigente. Es que, después de dedicar cuatro años de mi vida a escribir sobre cine, ya no estoy dispuesto a tragarme según qué cosas.

Más por inercia que por convicción rompí mi abstinencia este fin de semana y saqué entradas para la última de Woody Allen. No había leído opiniones muy favorables en los críticos con los que más coincido (los únicos a los que se debe hacer caso) pero no he faltado a la cita anual con Allen y tenía mono de cine así que…

Tengo que decir que esbocé la primera sonrisa nada más aparecer los títulos de crédito: sobre la misma tipografía que siempre ha empleado el director me encontré escuchando al mismísimo Groucho Marx cantar “Hello, I must be going“. Eso bastó para hacerme esbozar un pequeña sonrisa que ya no me abandonó en la hora y media justa que dura el film. Realmente “Si la cosa funciona” no es una película hilarante pero Allen la ha dotado de suficiente mala leche como para hacer que resulte graciosa.

Además me ha gustado ver que, tras sus aventuras europeas (más o menos afortunadas), Woody Allen ha sido capaz de retomar sus retratos neoyorquinos con el pulso que le exige su ciudad hoy en día. De hecho, y hasta cierto punto, esta “Si la cosa funciona” (traducción, para mi gusto, algo peregrina para el whatever works del original) me ha parecido una revisión aguadilla de su Annie Hall, adaptada a los tiempos que corren.

También creo que Woody Allen ha aprovechado su retorno para ejecutar su particular acto de justicia poética cinematográfica con el universo rural, republicano y sureño que representaba el anterior inquilino de la Casa Blanca.

Por lo demás me ha gustado mucho el nivel de los diálogos y la recuperación de ese personaje neurótico, hipocondríaco y profundamente marxista (por Groucho, claro) que en lugar de hablar dispara una pulla detrás de otra.

Habrá quien tilde “Si la cosa funciona” de película menor y dirá de ella que carece de profundidad y de aspiraciones. Puede ser. Yo lo único que puedo alegar en su defensa es que me reí, disfruté y no me arrepentí en absoluto de haber desembolsado los 6 euros.