No soy muy aficionado a hablar de política por aquí porque, entre otras cosas, estoy hasta salva sea la parte (que queda más abajo del ombligo, eso sí) de la desvergüenza, la inutilidad y el morro desmedido de nuestra clase política. Hecho el oportuno disclaimer, me vais a permitir que me despache a gusto con los puñeteros trajecitos del Molt Honorable Sr. Camps.

Realmente los trajes no son el problema real; es que el tema ha puesto de manifiesto la sinvergonzonería y el rostro que le echan los políticos – todos los políticos, ojo, no sólo los correligionarios del susodicho porque creo que el caso Gürtel sólo es un ejemplo más en la larga historia de la corrupción política española – a la hora de hacer de su capa un sayo y aprovecharse de manera obscena de la res publica. Si no qué sentido tiene la defensa corporativa que se ha hecho del regalo como cortesía política.

Hace unos días me contaron una historia real que para mi representa lo que es vocación de servicio público frente al afán por aprovecharse del cargo. La anécdota se remonta a la dura época de la postguerra española, a los años de la ‘jambre’ (pronunciada con esa h impecablemente aspirada que sólo son capaces de pronunciar los sevillanos). Por aquel entonces un guardia civil de origen humilde, que había entrado en el cuerpo para tener un magro salario con el que alimentar a la familia, acababa de ser ascendido a comandante de puesto. Como tal estaba al mando de un pequeño cuartel de un pueblecito del interior de Jaén y, como por arte de magia, se acababa de convertir en eso que entonces se conocía como ‘las fuerzas vivas’.

En la postguerra, además de hambre, se pasaba miedo y todo el mundo quería congraciarse con la autoridad no sea que, de repente, alguien lo tildara de poco adepto. Por este motivo, cuando la mujer y la cuñada del nuevo comandante de la guardia civil hicieron su primera visita al colmado del pueblo, el tendero les ofreció, como ‘cortesía política’ una hermosa paletilla de cordero. Ambas regresaron a la casa-cuartél relamiéndose pues la única carne que habían visto en los últimos años era la que quedaba en los espinazos de gallina con los que hacían el caldo.

Sin embargo cuando el guardia civil llegó a casa y se encontró con el regalo de cortesía se indignó profundamente. Cogió la paletilla y se la devolvió al tendero agradeciéndole su deferencia pero dejándole claro que su deber era estar al servicio del pueblo, que percibía un salario – escaso – por su trabajo y que, de momento, éste sólo alcanzaba para los garbanzos del cocido.

50 años después me gustaría saber cuál de nuestros próceres sería capaz de sostener la misma actitud del guardia civil.