La huelga de mi amigo

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Tengo un amigo que es ingeniero. Terminó la carrera con algún que otro tropiezo. Se fue a Holanda a hacer el proyecto y, con su título enmarcado, tuvo la enorme suerte de empalmar un puñado de contratos temporales hasta dar con su persona en una gran empresa (grandísima de hecho)  en la que le pagaban unos 1.000€ al mes por hacer todas las horas del calendario. Una suerte que le duró un suspiro porque en un par de años estaba en la calle. Fue, por cierto, gracias a una ley que debía crear empleo estable y lo único que logró fue estabilizar el número de parados.

Mi amigo, sin embargo, no es de los que se desanimen fácilmente. Con un despido procedente, pero despido a fin de cuentas, y una buena cartera de contactos se lío la manta a la cabeza, se presentó en la oficina del INEM y pidió el pago único de su prestación para poner en marcha una empresa. Eso fue a finales de 2007; la crisis se intuía pero todos seguíamos viviendo por encima de nuestras posibilidades. El negocio de mi amigo despegó gracias a la inercia de la construcción. La empresa creció rápido aunque el muchacho siempre ha tenido juicio y no hizo ninguna barbaridad. Quizá por eso consiguió mantenerse a flote mientras todo el país hacía aguas.

Al año de haberse establecido la empresa de mi amigo tenía seis trabajadores y unas oficinas muy majas. Entonces llegaron los problemas: bancos que te cortan el grifo, proveedores que se esfuman, clientes que van a la ruina llevándose las diez mil horas  que les has dedicado… Aún así el negocio se mantuvo en pie a duras penas. Sin embargo ninguna de las seis personas que trabajaban en la empresa en 2008 ha perdido su empleo; una de ellas ha pasado a trabajar a tiempo parcial y otra ha pasado a ser un autónomo externo, que recupera las comisiones que ha perdido trabajando con varias empresas. Sólo hubo un mes en el que las nóminas no llegaron a tiempo; hubo, por supuesto, quejas y malestar, pero nadie insistió demasiado ¿qué podían hacer? O se quedaban y aguantaban o cogían la puerta y se largaban. Uno de los trabajadores estuvo a punto de optar por la segunda opción. Quizá yo hubiese hecho lo mismo. Sin embargo se quedó. A fin de cuentas mi amigo, el gerente, el empresario, llevaba 11 meses sin sueldo y, si no hubiese sido por su pareja, habría tenido que volverse a casa de sus padres.

Afortunadamente no hay chaparrón que dure eternamente. Hace unos meses que las cosas van mejor. Mi amigo, y su equipo, se han movido mucho. Han sido meses de pensar, de reinventar la rueda. Todavía me sorprende que hayan sacado todo el tinglado adelante. Pero lo han hecho. Y lo han hecho a pesar de tres administraciones inoperantes y de una sociedad cansina de tanto lamentarse. Mi amigo le ha puesto tantas ganas a eso de avanzar, de mejorar, de salir adelante, que incluso será padre dentro de unos meses. Aunque no tendrá derecho a baja. Ni siquiera a unos días de vacaciones.

No sé si todos los emprendedores españoles serían capaces de los sacrificios que mi amigo ha hecho (aunque deberían si quieren ser dignos de llamarse así) por sacar su proyecto adelante. Tampoco todos se merecen los sacrificios que ha hecho su gente, sus trabajadores, por él. Y, sin embargo, el tipo de empresa de mi amigo es el que mejor representa a todo el tejido empresarial español: pequeño, cohesionado y  familiar. En su caso con el valor añadido de ser joven y muy dinámico.

Las cosas han cambiado muchísimo en los últimos 30 años (y más aún en los últimos 100). La empresa, la firma, la corporación, sólo emplea a un pequeño porcentaje de los españoles. El resto trabajamos desde, por y para pequeñas empresas donde el mono azul y la lucha de clases no tienen mucho sentido. La retórica de las barricadas y de la justa indignación por la muerte de Sacco y Vanzetti son, afortunadamente, cosa del pasado. Podemos recordarlas con romanticismo pero esgrimirlas como justificación es obsceno.

Hoy en día estamos todos – empresarios, trabajadores e, incluso, funcionarios con ganas de dar el cayo – en el mismo barco. Es una gabarra sobrecargada de mierda y tripulado por un hatajo de memos. Y no sé si quedarse cruzado de brazos es la mejor manera de evitar que se hunda. De acuerdo. Los memos no tienen ni puñetera idea de qué lastre soltar y se dedican a tirar por la borda hasta el agua dulce. Pero la solución no es echarse en cubierta a refunfuñar durante 24 horas. Tampoco cambiar al timonel. La solución pasa por elegir bien qué lastre soltamos, empezar a achicar agua como locos y después subir al puente para darles una patada en el culo a esa panda de mamones.

En la empresa de mi amigo, nadie hará huelga mañana. Porque ya han pasado demasiado tiempo sin trabajar. Porque saben que lo único que aseguran las reformas laborales son las pensiones vitalicias de los diputados que las elaboran (y de los que se les oponen con la boca chica). Porque nunca ningún sindicato dio la cara por ellos. Porque todo el mundo cree saber lo que les conviene. Porque están convencidos de que lo único que les va asegurar la nómina a final de mes a todos es que cada uno de ellos haga su trabajo de la mejor manera posible.

Sólo los cínicos sirven para este oficio

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Este fin de semana he leído un post en Sin Futuro y Sin un Duro (un blog que debería leer más de un pope mediático, por cierto) que me ha hecho reflexionar sobre el papel que ha jugado la prensa en al cacareado caso Gürtel y, por extensión, en todas las tropelías diarias que cometen nuestra nunca suficientemente denostada clase política.

Recuerdo que, en la facultad, nos hablaban de Montesquieu, de Habermas y del cuarto poder (qué gran película). Entonces yo trabajaba en prensa local y me parecía que lo de que un alcalde se reuniese en privado con un grupo de constructores era una excepción y una lacra en el fiable sistema democrático. Tiempo después di con el trasero en la televisión autonómica y allí descubrí no sólo que la corrupción existe si no que es generalizada y descaradamente conocida: desde los directivos que discuten en la cafetería por ver quien tiene el despacho más grande hasta los sindicatos que torpedean a los opositores más capaces a cambio de funcionalizar a unos cuantos afiliados más; cubre todas las esferas, salpica a todos los departamentos y sólo la critican aquellos que no pueden participar de ella.

Conozco gente en otras televisión autonómicas y me consta que la situación es generalizada. Y no creo que sean la única empresas públicas podridas hasta el tuétano (de hecho lo sé). ¿Por qué no se dice nada? ¿Por que los medios sólo se hacen eco de la corrupción política cuando salpica a los grandes personajes de los grandes partidos? Pues quizá porque entonces la basura le huele tan mal a tanta gente que resulta imposible esconderla más. Y, en ese caso, todos sabemos que según el medio la información se sesgará en función de los intereses editoriales.

Y es que muy a menudo se nos olvida que los medios son empresas y son sus intereses empresariales los que guían sus contenidos. Por eso vemos atónitos como el grupo PRISA carga contra el gobierno sólo cuando éste aprueba una ley que perjudica sus intereses con respecto a las retrasmisiones deportivas. Los partidos usan sus medios afines como aparato de propaganda externo y, cuando están en el poder, los retribuyen o los castigan en base a no se sabe muy bien qué criterios. Y todos los periodistas lo saben y todos los periodistas se callan (nos callamos). Por que quien más y quien menos tiene hipoteca o hijos o se cree las mentiras que escribe a fuerza de repetirlas.

Por eso se publican las notas de prensa sin contrastar, por eso se cubren las declaraciones institucionales sin preguntas. Porque en España (que es el país que conozco y del que puedo hablar) los medios no informan, ni denuncian, ni combaten. Sólo atacan con saña si creen que pueden obtener del ataque algún beneficio.

Recuerdo haber devorado hace años un maravilloso libro de Ryszard Kapuscinski llamado Los cínicos no sirven para este oficio. Sin embargo hoy en día parece que sólo los cínicos pueden seguir este ejerciendo este oficio. A las empresas periodísticas no les interesa el derecho a la información, ni la libertad de prensa ni la democracia. Sólo están obsesionadas por mantener su cuota de mercado y de audiencia.

Y sin embargo parece que cada vez es más fácil comunicar, informar y transmitir. Las barreras de entrada han desaparecido y por primera vez los periodistas tenemos la oportunidad de convertirnos en el medio. Cuando todo el mundo tiene la capacidad de producir información nosotros tenemos la experiencia para editarla, para constrarla y para mejorarla. Ya hay muchas voces que empiezana a mostrar cómo hacer posible otro periodismo. Es muy difícil entre otras cosas porque, de nuevo, quien más y quien menos tiene hipoteca o hijos o ambas cosas y, además, todos tenemos la fea cosatumbre de comer a diario y todavía está por ver cómo la democracia y el derecho a la información real generan puestos de trabajo. Además, no creo que ninguno de los que alguna vez dijo que quería ser periodista pensaba en hacerse rico con esto.

Quien siembra vientos…

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Llevo varios días leyendo en la prensa y oyendo en la radio que la profesión periodística anda muy indignada por las ‘declaraciones institucionales’ que han hecho los políticos estos días. Declaración institucional es el eufemismo que se han inventado para referirse a los comunicados audiovisuales – unilaterales, a puerta cerrada y sin medios que pregunten – que han emitido en los últimos seis días Camps, De Cospedal y Blanco.

La práctica no deja de ser una evolución de esas ruedas de prensa sin preguntas que llevan años celebrándose y que hace unos meses les dio por denunciar a los directores de periódicos. Desde luego es una práctica tirana, oscurantista y cargada de desprecio que lo único que viene a ratificar es que los políticos se creen por encima del bien y del mal; sus gabinetes se afanan en proclamar la beatitud de sus líderes y la duda y las preguntas, por nimias que sean, se contemplan como un atentado punible (es que los gabinetes de prensa políticos no son muy dados al 2.0).

Lo que  no entiendo es por qué ahora, en agosto y con poca densidad informativa, los tertulianos profesionales se rasgan las vestiduras y se quejan del desprecio que muestran los políticos hacia los medios. Hace años que este desprecio es patente y manifiesto y la descarada politización de las empresas periodísticas han contribuido a esta tiranía.

Desde luego, ante esta actitud, los medios deberían haberse plantado hace tiempo y, tras una queja pública y formal, deberían haberse negado a emitir estos mensajes explicando sus razones. La noticia se hubiese distribuido por otros medios (aunque ellos no se hayan dado cuenta, ya no tienen el monopolio de la información) pero el sistema mediático hubiese salvaguardado la dignidad desde el primer momento y, sobretodo, hubiese mantenido firmes unas posiciones y unos principios. Entonces sí que tendrían derecho a protestar y, sobretodo, podrían demostrar que lo que les importa es ejercer en nombre del ciudadano el derecho a la información y a la fiscalización de los poderes públicos.

Porque para replicar teletipos, difundir notas de prensa y reproducir ‘declaraciones institucionales’ ya está GoogleNews. El derecho a hacerse el ofendido hay que ganárselo dando el cayo frente al chantaje institucional porque si no, y como dice el refrán, al sembrador de vientos sólo le espera una buena cosecha de huracanes.

ACTUALIZACIÓN 11/08/2009 (¡ni 24 hrs. después!)

Acabo de descubrir vía Twitter (@360gradospress, @PabloHerreros y @233grados) que hay una protesta en marcha  contra las ruedas de prensa sin preguntas, con un grupo en Facebook al que yo ya me he apuntado.

ACTUALIZACIÓN 17/08/2009

El grupo de Facebook de No sin preguntas ya ha llegado a los 3.000 usuarios y los mismos medios están empezando a prestarle atención a la iniciativa.

La paletilla y el guardia civil

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No soy muy aficionado a hablar de política por aquí porque, entre otras cosas, estoy hasta salva sea la parte (que queda más abajo del ombligo, eso sí) de la desvergüenza, la inutilidad y el morro desmedido de nuestra clase política. Hecho el oportuno disclaimer, me vais a permitir que me despache a gusto con los puñeteros trajecitos del Molt Honorable Sr. Camps.

Realmente los trajes no son el problema real; es que el tema ha puesto de manifiesto la sinvergonzonería y el rostro que le echan los políticos – todos los políticos, ojo, no sólo los correligionarios del susodicho porque creo que el caso Gürtel sólo es un ejemplo más en la larga historia de la corrupción política española – a la hora de hacer de su capa un sayo y aprovecharse de manera obscena de la res publica. Si no qué sentido tiene la defensa corporativa que se ha hecho del regalo como cortesía política.

Hace unos días me contaron una historia real que para mi representa lo que es vocación de servicio público frente al afán por aprovecharse del cargo. La anécdota se remonta a la dura época de la postguerra española, a los años de la ‘jambre’ (pronunciada con esa h impecablemente aspirada que sólo son capaces de pronunciar los sevillanos). Por aquel entonces un guardia civil de origen humilde, que había entrado en el cuerpo para tener un magro salario con el que alimentar a la familia, acababa de ser ascendido a comandante de puesto. Como tal estaba al mando de un pequeño cuartel de un pueblecito del interior de Jaén y, como por arte de magia, se acababa de convertir en eso que entonces se conocía como ‘las fuerzas vivas’.

En la postguerra, además de hambre, se pasaba miedo y todo el mundo quería congraciarse con la autoridad no sea que, de repente, alguien lo tildara de poco adepto. Por este motivo, cuando la mujer y la cuñada del nuevo comandante de la guardia civil hicieron su primera visita al colmado del pueblo, el tendero les ofreció, como ‘cortesía política’ una hermosa paletilla de cordero. Ambas regresaron a la casa-cuartél relamiéndose pues la única carne que habían visto en los últimos años era la que quedaba en los espinazos de gallina con los que hacían el caldo.

Sin embargo cuando el guardia civil llegó a casa y se encontró con el regalo de cortesía se indignó profundamente. Cogió la paletilla y se la devolvió al tendero agradeciéndole su deferencia pero dejándole claro que su deber era estar al servicio del pueblo, que percibía un salario – escaso – por su trabajo y que, de momento, éste sólo alcanzaba para los garbanzos del cocido.

50 años después me gustaría saber cuál de nuestros próceres sería capaz de sostener la misma actitud del guardia civil.

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