Los buenos también molan

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Desde navidades tenía pendientes los tres tomos de la genial integral de Predicador que Planeta publicó el año pasado. La serie de Ennis es un clásico que, junto con Sandman y algún otro título más, aupó a Vértigo al Olimpo del cómic (un Olimpo del que está cayendo en picado, por cierto…). Yo no la conocí hasta bastante tiempo después de su salida al mercado y mi aproximación a la serie había sido siempre fragmentaria e incompleta. Ahora, después de saldar la duda pendiente, puedo decir que me he zampado una auténtica maravilla.

Como creo que todo se ha escrito ya al respecto y cualquier comentario que le pueda dedicar sería redundante sólo voy a apuntar una reflexión sobre la obra: en el fondo los buenos también molan. A Ennis se le llena la boca con sus chicos malos y el gamberrismo de sus obras es palpable pero en el fondo el reverendo Jesse Custer es un pedazo de pan (duro, claro…). Lo grande del personaje es que es un bueno de los de antes pero con todas las complejidades de los tiempos de ahora. Es decir, como Ennis se pasa lo políticamente correcto por el forro de la sobrecubierta, puede poner las cosas en su sitio. Custer es bueno porque hace lo tiene que hacer. Sin importar a qué lado de la ley quede. En palabras del propio personaje “la ley sólo es útil cuando sirve para hacer el bien”.

Cuando los buenos se hicieron aburridos, planos y, lo peor, guapos que te cagas, nos dimos cuenta de que los malos tenían mucho más rollito. ¿A quién no le entran ganas de reventar Alderaan cuando escucha la marcha imperial? Pero con tanto malo guay se nos han olvidado los buenos que molan, los buenos de verdad, los que hacen lo que tienen que hacer pase lo que pase. En la vida real es muy complicado distinguir a los héroes de los fanáticos pero en la ficción es un auténtico placer encontrar encontrar uno de esos tipos de moralidad irreprochable pero de reputación más que dudosa.

Reconozco que el concepto es muy norteamericano (los malditos mitos del revólver y la frontera…). El western – el de verdad, el que sabe a polvo y a fracaso – está lleno de estos tipos. El oficial Will Kane de Sólo ante el peligro, el viejo Rooster Cogburn de Valor de Ley, el pistolero Bill Munny de Sin Perdón… A un lado y a otro de la ley había tipos implacables que, pese a las muescas en la culata y los carteles de Se Busca, se regían por un código moral inflexible. Con las pintas de Cooper, Wayne o Eastwood creo que ellos son el tío que, en el fondo, a todos los hombres nos hubiese gustado ser.

Supongo que por eso el western es un género eminentemente masculino. Y Predicador, desde luego, es un gran western. Uno de esos en los que la ley no suele estar del lado de los buenos y en el que el protagonista hará lo correcto, pase lo que pase. Aunque lo correcto sea ir a patearle el culo al mismísimo Dios por cretino, sádico e irresponsable.

The Badass Vampires!

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Hace la friolera de 17 años (uf!) aparecieron por la gran pantalla un Tom Cruise rubio (más uf!) y un Brad Pitt de lo más coquetón haciéndose el vampiro. Recuerdo que vi Entrevista con el Vampiro (Neil jordan, 1994) en su estreno y recuerdo también que no me gustó nada. Entonces yo tenía quince añicos y el gusto cinematográfico un poco por civilizar (ese año también vi de estreno Dos Tontos muy tontos…) pero los años, y las revisiones, no han mejorado mucho mi opinión. Es cierto que la peli no está mal. Está considerablemente bien ejecutada y, además, a mi me gustan los vampiros ¿Entonces donde está el problema?

Pues me ha costado pero casi veinte años después lo he encontrado. El problema es el puñetero vampiro guaperas con chorreras. De verdad. Que haya tenido que venir la familia Cullen a despertar mi más absoluto desprecio para darme cuenta… Aunque realmente no han sido los emochupasangres los que me han puesto sobre la pista. Qué va. Quien me ha ayudado a entender que esos vampiros no molaban nada ha sido el Príncipe de las Tinieblas ¿Drácula? No, no. Alguien aún más perverso: Stephen King. Bueno, realmente el culpable ha sido Scott Snyder pero King también andaba por allí y nunca hay que desperdiciar la oportunidad de agradecerle al maestro los escalofríos.

En narrativa es habitual utilizar la antítesis como herramienta para realzar las cualidades de un personaje. Cuando enfrentas a alguien a su némesis esperas que el lector o el espectador entienda lo bueno de un personaje visualizando la maldad de su contrario. Pues bien, en mi caso hay un bicho parido por Scott Snyder, y bendecido por King , que me ha ayudado a ver que los Cullen, Louis, Lestat y el resto de emovampiros son una panda de nenazas.

Drácula, también el de Coppola, es un caballero, es un tipo refinado y sofisticado que, sin embargo, disfrutaba como un cochino en una charca abriendo gaznates. La grandeza de la criaturita de Stoker, de la de Polidori es su brutal naturaleza. La civilización, la pose aristocrática, sólo es un leve camuflaje para los instintos más animales. Por eso molan. Porque son una bestia liberada. Snyder lo entiende. Y lo mangifica. Su vampiro da miedo. Da mucho miedo. Además, en su caso, ni siquiera se molesta en disimularlo con una pátina de civilización.

Me parece que American Vampire es un tomo imprescindible para la biblioteca comiquera de cualquier aficionado al terror. Pero no sólo al terror. Mención a parte del arte (todo un descubrimiento el señor Albuquerque) creo que hará disfrutar como enanos a los que alguna vez echaron una partida de la llamada de Chtulhu o vieron al Grupo Salvaje sembrar el caos en la frontera. He tardado en hacerme con él pero no me arrepiento en absoluto de haberlo hecho. Es más, ya estoy esperando que salga más material. Me gusta mucho ese Badass Vampire. Ya era hora de devolverle la dignidad al chupasangres.

American Vampire 6 Cover by *rafaelalbuquerqueart on deviantART

Muertos Vivientes

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Ya he escrito aquí, alguna vez, sobre mi extraña afición a los zombies. No es que me atraiga el gore ni que sea uno de esos aficionados a, una vez al año, darse un garbeo por ahí a la caza de cerebros. Es, simplemente, que el genero me despierta, a partes iguales,  cierto terror atávico y cierta simpatía. Aunque tampoco me vale cualquier excusa para sacar a los muertos de las tumbas y ponerlos a arrastar sus muñones sanguinolentos :P

Me gustan las historias que siguen el canon de George Romero tanto para dar risa como para dar miedo.  De estos últimos descubrí casi por casualidad la serie de comic Los Muertos Vivientes, escrita por Robert Kirkman y dibujada por Tony Moore primero y Charlie Adlar  después.  No recuerdo exactamente qué es lo que me atrajo de un planteamiento trilladísimo (los muertos se levantan de sus tumbas, se desencadena el apocalipsis, un grupo de personas trata de sobrevivir a toda costa frente a las hordas de cadáveres hambrientos, bla, bla, bla) y de un dibujo en blanco y negro correcto pero sin alardes. Si embargo me compré el primero, busqué el segundo, devoré el tercero y el cuarto y, ayer, empecé con el quinto.

Es una serie que me tiene cada vez más enganchado. ¿Por los zombies? No, los zombies son lo de menos. Una excusa argumental. Un McGuffin. Lo increíblemente bueno de Los Muertos Vivientes es su guión. La descripción de los personajes y su erosión física y psíquica es espectacular. Todavía trato de explicarme como consigue Kirkman meterte tan bien y tan profundamente en la cabeza de unas personas cada vez más demenciadas por la situación absurda y totalmente desesperada en la que viven. Pero el caso es que lo hace. Y lo hace muy bien.

Los Muertos Vivientes es una dosis brutal de literatura: es tensión, es desesperanza, es empatía y es una profunda angustia. En el fondo es genial por su capacidad para generar emociones. Por eso este fin de semana le han dado un premio Eisner (uno de los galardones más prestigiosos del mundo del cómic). Por eso Frank Darabont ha comprado los derechos para hacer una serie de TV. En la ComicCon de San Diego se proyecto el primer tráiler; la imagen es un asco pero el contenido promete

Actualización 13/09/2010 ya está disponible el trailer en YouTube y, además, la gente de Fox se ha tomado la molestia de crear una página también para el público español de la serie, con sus correspondientes cuentas en Facebook y Twitter.

El crepúsculo de los dioses

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Supongo que uno empieza a ser consciente de que nadie está a salvo del paso del tiempo cuando empieza a ver morir a sus viejos héroes. Mayo ha sido un mes maravilloso en el que aprendido mucho, en el que he visto como empieza a crecer un gran proyecto profesional y en el que, cada vez que pongo la mano en la barriga de Lu, me llevo una patada de alguna de mis hijas :)

Sin embargo mayo ha sido también un mes un poco triste. En los últimos quince días han muerto dos personajes cuya influencia ha sido determinante para ser como soy; es muy significativo que sean un ilustrador y un músico.

El primero se llamaba Frank Frazetta. Dibujante, ilustrador y pintor, Frazetta es seguramente uno de los autores más determinantes para configurar la imaginería del género fantástico. No hace falta haber pasado horas en una tienda de comics para que cualquiera encuentre algo familiar en algunas de sus ilustraciones más representativas. Para mi ha sido especialmente importante porque, pasando la adolescencia entre partidas de Rolemaster y episodios de la Espada Salvaje de Conan, las obras de Frazetta son como una especie de álbum de fotos de mi imaginación.

Y si Frazetta puso las imágenes, la banda sonora correspondió en gran media a Ronnie James Dio. El gran maestro de ceremonias del Heavy Metal, fue quien dotó esta corriente de algunos de sus signos más distintivos (incluyendo, por supuesto, la señal de los cuernos con la mano levantada). Su voz, su fuerza y su carisma están ligados de por vida a algunos de los himnos y de las bandas más representativas del rock duro: firmó junto a Ritchie Blackmore (ex-Deep Purple) los cuatro primeros discos de Rainbow, incluyendo el espectacular Long Live Rock’n Roll; sustituyó a Ozzy Osborne en Black Sabbath y ayudó a relanzar la banda con Heaven and Hell y Mob Rules; después, con su propia formación, publicó Holy Diver, dando el pistoletazo de salida a la brillante oleada de metal británico que atronó los ochenta.

Hace poco que había recuperado a Ronnie James Dio gracias a un comentario del señor Tonoware. Llevo cerca de seis meses machacando su viejos grandes éxitos, tratando de recuperar algo de forma con la batería. Su muerte me ha entristecido especialmente así que creo que voy a dedicar parte del domingo a homenajearlo como se merece: con las baquetas en la mano…

Long live Rock’n Roll!

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