El maestro de esgrima

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Sin glamour, sin portadas de revista, sin un status de estrella, el 2012 se ha llevado a una figura del cine cuya muerte ha pasado algo  desapercibida: Bob Anderson.

¿Y quién es Bob Anderson?

Ya, vale; su muerte ha pasado desapercibida porque prácticamente nadie tenía ni idea de quién era esta buen hombre. Bueno, nadie no, en algunas publicaciones se han hecho eco del deceso pero para el gran público su pérdida va a permanecer  en el más absoluto desconocimiento.

Que sí, que sí ¿pero quién demonios es Bob Anderson?

Podéis echarle un vistazo a su biografía en la Wikipedia (pongo la versión en inglés porque la versión en español es bastante lamentable) o en IMDB. Bob Anderson era el maestro de esgrima de Hollywood. Empezó a coreografiar las peleas con espada del mismísimo Errol Flynn (aunque supongo que no lo hizo desde el principio porque, cuando se filmó ‘El Capitán Blood’, Anderson apenas tendría 13 años…). Desde entonces ha estado metiendo el sable en casi todas las grandes producciones en las que se han cruzado aceros. O láseres porque incluso la saga de Star Wars le debe algunos de sus duelos más memorables. De hecho se dice que quien vestía la máscara de Vader en la pelea final de El Imperio Contraataca era él.

Y si esto no os parece suficiente para elevarlo a la categoría de mito (friki, vale) del celuloide apuntad que el duelo entre Íñigo Montoya y Westley de la Princesa Prometida fue también cosa suya.  Lo último que hizo fue enseñarle a Viggo Mortensen a repartir mandobles como un auténtico heredero de Isildur.

¿Es o no es una lástima tener que decir adiós a una figura semejante?

Los buenos también molan

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Desde navidades tenía pendientes los tres tomos de la genial integral de Predicador que Planeta publicó el año pasado. La serie de Ennis es un clásico que, junto con Sandman y algún otro título más, aupó a Vértigo al Olimpo del cómic (un Olimpo del que está cayendo en picado, por cierto…). Yo no la conocí hasta bastante tiempo después de su salida al mercado y mi aproximación a la serie había sido siempre fragmentaria e incompleta. Ahora, después de saldar la duda pendiente, puedo decir que me he zampado una auténtica maravilla.

Como creo que todo se ha escrito ya al respecto y cualquier comentario que le pueda dedicar sería redundante sólo voy a apuntar una reflexión sobre la obra: en el fondo los buenos también molan. A Ennis se le llena la boca con sus chicos malos y el gamberrismo de sus obras es palpable pero en el fondo el reverendo Jesse Custer es un pedazo de pan (duro, claro…). Lo grande del personaje es que es un bueno de los de antes pero con todas las complejidades de los tiempos de ahora. Es decir, como Ennis se pasa lo políticamente correcto por el forro de la sobrecubierta, puede poner las cosas en su sitio. Custer es bueno porque hace lo tiene que hacer. Sin importar a qué lado de la ley quede. En palabras del propio personaje “la ley sólo es útil cuando sirve para hacer el bien”.

Cuando los buenos se hicieron aburridos, planos y, lo peor, guapos que te cagas, nos dimos cuenta de que los malos tenían mucho más rollito. ¿A quién no le entran ganas de reventar Alderaan cuando escucha la marcha imperial? Pero con tanto malo guay se nos han olvidado los buenos que molan, los buenos de verdad, los que hacen lo que tienen que hacer pase lo que pase. En la vida real es muy complicado distinguir a los héroes de los fanáticos pero en la ficción es un auténtico placer encontrar encontrar uno de esos tipos de moralidad irreprochable pero de reputación más que dudosa.

Reconozco que el concepto es muy norteamericano (los malditos mitos del revólver y la frontera…). El western – el de verdad, el que sabe a polvo y a fracaso – está lleno de estos tipos. El oficial Will Kane de Sólo ante el peligro, el viejo Rooster Cogburn de Valor de Ley, el pistolero Bill Munny de Sin Perdón… A un lado y a otro de la ley había tipos implacables que, pese a las muescas en la culata y los carteles de Se Busca, se regían por un código moral inflexible. Con las pintas de Cooper, Wayne o Eastwood creo que ellos son el tío que, en el fondo, a todos los hombres nos hubiese gustado ser.

Supongo que por eso el western es un género eminentemente masculino. Y Predicador, desde luego, es un gran western. Uno de esos en los que la ley no suele estar del lado de los buenos y en el que el protagonista hará lo correcto, pase lo que pase. Aunque lo correcto sea ir a patearle el culo al mismísimo Dios por cretino, sádico e irresponsable.

The Badass Vampires!

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Hace la friolera de 17 años (uf!) aparecieron por la gran pantalla un Tom Cruise rubio (más uf!) y un Brad Pitt de lo más coquetón haciéndose el vampiro. Recuerdo que vi Entrevista con el Vampiro (Neil jordan, 1994) en su estreno y recuerdo también que no me gustó nada. Entonces yo tenía quince añicos y el gusto cinematográfico un poco por civilizar (ese año también vi de estreno Dos Tontos muy tontos…) pero los años, y las revisiones, no han mejorado mucho mi opinión. Es cierto que la peli no está mal. Está considerablemente bien ejecutada y, además, a mi me gustan los vampiros ¿Entonces donde está el problema?

Pues me ha costado pero casi veinte años después lo he encontrado. El problema es el puñetero vampiro guaperas con chorreras. De verdad. Que haya tenido que venir la familia Cullen a despertar mi más absoluto desprecio para darme cuenta… Aunque realmente no han sido los emochupasangres los que me han puesto sobre la pista. Qué va. Quien me ha ayudado a entender que esos vampiros no molaban nada ha sido el Príncipe de las Tinieblas ¿Drácula? No, no. Alguien aún más perverso: Stephen King. Bueno, realmente el culpable ha sido Scott Snyder pero King también andaba por allí y nunca hay que desperdiciar la oportunidad de agradecerle al maestro los escalofríos.

En narrativa es habitual utilizar la antítesis como herramienta para realzar las cualidades de un personaje. Cuando enfrentas a alguien a su némesis esperas que el lector o el espectador entienda lo bueno de un personaje visualizando la maldad de su contrario. Pues bien, en mi caso hay un bicho parido por Scott Snyder, y bendecido por King , que me ha ayudado a ver que los Cullen, Louis, Lestat y el resto de emovampiros son una panda de nenazas.

Drácula, también el de Coppola, es un caballero, es un tipo refinado y sofisticado que, sin embargo, disfrutaba como un cochino en una charca abriendo gaznates. La grandeza de la criaturita de Stoker, de la de Polidori es su brutal naturaleza. La civilización, la pose aristocrática, sólo es un leve camuflaje para los instintos más animales. Por eso molan. Porque son una bestia liberada. Snyder lo entiende. Y lo mangifica. Su vampiro da miedo. Da mucho miedo. Además, en su caso, ni siquiera se molesta en disimularlo con una pátina de civilización.

Me parece que American Vampire es un tomo imprescindible para la biblioteca comiquera de cualquier aficionado al terror. Pero no sólo al terror. Mención a parte del arte (todo un descubrimiento el señor Albuquerque) creo que hará disfrutar como enanos a los que alguna vez echaron una partida de la llamada de Chtulhu o vieron al Grupo Salvaje sembrar el caos en la frontera. He tardado en hacerme con él pero no me arrepiento en absoluto de haberlo hecho. Es más, ya estoy esperando que salga más material. Me gusta mucho ese Badass Vampire. Ya era hora de devolverle la dignidad al chupasangres.

American Vampire 6 Cover by *rafaelalbuquerqueart on deviantART

Anacronismos: un ninja en el Madrid de los Austrias

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Este año he debido de ser buenísimo porque los reyes me han traído una tele nueva de esas HD total. Obviamente he dado prioridad a los canales HD en los primeros puestos. Al contrario que Telecinco, Antena 3 o incluso La Sexta, TVE no replica la programación de su canal principal en HD, ha creado un canal especial sólo para los contenidos en Alta Definición. Y como en éstos todavía son pocos, el canal de TVE HD – continuamente en pruebas, por cierto – se ensaña emitiendo capítulos y más capítulos de Ágila Roja

Vi la serie en su lanzamiento y me pareció un pestiño: textura de video, diálogos y actores forzados (como en el 90% de la ficción televisiva patria) , guiones previsibles y anacronismos. No me gustan los anacronismos. Creo que su falta de rigor es resultado de la vaguería documental y presupuestaria. Considero que uno de los mejores ejemplos de ficción histórica es Roma. No sólo por el reparto, el ritmo y la capacidad de dar una lección de historia sin perder por un momento el sentido del espectáculo. Me gusta, también,  porque las armaduras de los legionarios corresponden exactamente con las que se usaban en ese periodo y no con las que siempre nos ha enseñado Hollywood. Ya sé que mi visión puede deberse a un problema patológico; nadie es perfecto.

Sin embargo hay grandísimas obras históricas (o historicistas) repletas de anacronismos. Ya que estamos con los romanos, la Cleopatra de Mankiewicz . Aquí ya no es una cuestión de si las armaduras corresponden con el periodo. Es que Cleopatra nunca desfiló triunfalmente por Roma (¡ningún bárbaro podía hacerlo!) y mucho menos pudo meter su carroza en el foro, atravesando un arco que, por cierto, aún tardarían 300 años en construir. La verdad es que casi todas las películas clásicas adolecen de lo mismo. Bueno, las no tan clásicas también porque en el siglo XIII los escoceses de Wallace no llevaban Tartan (la prenda no se popularizó en Escocia hasta el siglo XVI).

El cine no es el único territorio dado al anacronismo. También los hay en la literatura. Incluso en la de las mejores plumas: Dumas, Hugo o Walter Scott suplían con imaginación – con mucha imaginación – su falta de conocimiento o de rigor a la hora de documentar una época. Bueno, con eso y con mucha acción y un buen capazo de aventuras.

Curiosamente eso es lo que me sorprendió encontrar el otro día en Águila Roja. Vale, no es una maravilla audiovisual pero me hizo gracia el empeño que le ponen.  Supongo que su gran éxito es que, mediante esa gran dosis de acción, consigue empatizar con su público, lo emociona y hace que se divierta. Así, los buenos lo son sin asomo de duda y a casi todos los malos los mueve su maldad y punto. Las tramas son planas pero están cargadas de acción. Además todo ocurre aquí, en España, en una época en la que no se ponía el sol pero te podían caer las puñaladas en cualquier esquina.

Vale, es cierto que la serie es un cúmulo de anacronismos. Empezando por esa suerte de ninja en el que han convertido al maestro de escuela protagonista. Sin embargo, en este caso, estaría incluso dispuesto a perdonárselo.  Creo que es más importante que la gente se  divierta, que disfruten del espectáculo. De este tipo de espectáculo. Me parece un éxito que tenga las cifras de aundiencia que tiene, que saquen cómics y películas. Demuestra que los cotilleos tóxicos no son la única fuente de entretenimiento audiovisual para el gran público. Y, dado que no todo el mundo disfruta con Redes o con Fringe,  prefiero mil veces que los canales se llenen de maestros ninja (y hasta de exmodelos cutreluciferinas) que de tele-realidades chuscas que convierten a las chonis en reinas mediáticas.

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