Este año he debido de ser buenísimo porque los reyes me han traído una tele nueva de esas HD total. Obviamente he dado prioridad a los canales HD en los primeros puestos. Al contrario que Telecinco, Antena 3 o incluso La Sexta, TVE no replica la programación de su canal principal en HD, ha creado un canal especial sólo para los contenidos en Alta Definición. Y como en éstos todavía son pocos, el canal de TVE HD – continuamente en pruebas, por cierto – se ensaña emitiendo capítulos y más capítulos de Ágila Roja

Vi la serie en su lanzamiento y me pareció un pestiño: textura de video, diálogos y actores forzados (como en el 90% de la ficción televisiva patria) , guiones previsibles y anacronismos. No me gustan los anacronismos. Creo que su falta de rigor es resultado de la vaguería documental y presupuestaria. Considero que uno de los mejores ejemplos de ficción histórica es Roma. No sólo por el reparto, el ritmo y la capacidad de dar una lección de historia sin perder por un momento el sentido del espectáculo. Me gusta, también,  porque las armaduras de los legionarios corresponden exactamente con las que se usaban en ese periodo y no con las que siempre nos ha enseñado Hollywood. Ya sé que mi visión puede deberse a un problema patológico; nadie es perfecto.

Sin embargo hay grandísimas obras históricas (o historicistas) repletas de anacronismos. Ya que estamos con los romanos, la Cleopatra de Mankiewicz . Aquí ya no es una cuestión de si las armaduras corresponden con el periodo. Es que Cleopatra nunca desfiló triunfalmente por Roma (¡ningún bárbaro podía hacerlo!) y mucho menos pudo meter su carroza en el foro, atravesando un arco que, por cierto, aún tardarían 300 años en construir. La verdad es que casi todas las películas clásicas adolecen de lo mismo. Bueno, las no tan clásicas también porque en el siglo XIII los escoceses de Wallace no llevaban Tartan (la prenda no se popularizó en Escocia hasta el siglo XVI).

El cine no es el único territorio dado al anacronismo. También los hay en la literatura. Incluso en la de las mejores plumas: Dumas, Hugo o Walter Scott suplían con imaginación – con mucha imaginación – su falta de conocimiento o de rigor a la hora de documentar una época. Bueno, con eso y con mucha acción y un buen capazo de aventuras.

Curiosamente eso es lo que me sorprendió encontrar el otro día en Águila Roja. Vale, no es una maravilla audiovisual pero me hizo gracia el empeño que le ponen.  Supongo que su gran éxito es que, mediante esa gran dosis de acción, consigue empatizar con su público, lo emociona y hace que se divierta. Así, los buenos lo son sin asomo de duda y a casi todos los malos los mueve su maldad y punto. Las tramas son planas pero están cargadas de acción. Además todo ocurre aquí, en España, en una época en la que no se ponía el sol pero te podían caer las puñaladas en cualquier esquina.

Vale, es cierto que la serie es un cúmulo de anacronismos. Empezando por esa suerte de ninja en el que han convertido al maestro de escuela protagonista. Sin embargo, en este caso, estaría incluso dispuesto a perdonárselo.  Creo que es más importante que la gente se  divierta, que disfruten del espectáculo. De este tipo de espectáculo. Me parece un éxito que tenga las cifras de aundiencia que tiene, que saquen cómics y películas. Demuestra que los cotilleos tóxicos no son la única fuente de entretenimiento audiovisual para el gran público. Y, dado que no todo el mundo disfruta con Redes o con Fringe,  prefiero mil veces que los canales se llenen de maestros ninja (y hasta de exmodelos cutreluciferinas) que de tele-realidades chuscas que convierten a las chonis en reinas mediáticas.

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