Soitu y el apocalipsis del periodismo

Esta semana el periodismo digital español se ha quedado sin uno de sus principales actores; el martes por la mañana un tweet de @sindolafuente hacía oficial el final de Soitu. Creo que se trata de un desenlace que nos ha soprendido a casi todos porque, después de casi dos años, considerábamos Soitu como un medio alternativo que aprovechaba bien las posibilidades de Internet. Sin embargo nos equivocamos.

El jueves, en Iniciador Valencia, comentamos un poco el cierre del medio y la principal causa de este desenlace: la inviabilidad económica del proyecto. Y no fuimos los únicos, desde luego. 1001 Medios ha recopilado un buen número de opiniones cualificadas al respecto.

Desde entonces llevo unos días dándole vueltas a la idea. Me preocupaba el caso especialmente porque el fracaso de Soitu parecía significar el fracaso de un modelo periodístico en el que muchos habíamos puesto nuestras esperanzas. Soitu estaba bien hecho (quizá un poco marcado ideológicamente), aprovechaba bien las posibilidades de contextualización y ampliación del hipertexto y el multimedia y jugaba bien con el concepto de comunidad.

Sin embargo embargo empiezo a pensar que el fin de Soitu no hace sino ratificar la crisis que vive el mundo de la prensa. Ayer estuve escuchando el análisis que ha hecho el periodista británico Nick Davis para la universidad de Coventry y cada vez estoy más convencido de que la principal razón que ha llevado a Soitu a cerrar es la herencia recibida del periodismo de toda la vida.

Davis apunta que la crisis actual es la culminación de un proceso que se inició en los sesenta.  La mercantilización de la prensa y la búsqueda del máximo rendimiendo económico fueron el primer paso; la pérdida de lectores que encontraban el espectáculo en otros medios (primero la televisión, después Internet) fue el segundo; el desplome del mercado publicitario ha sido el remate final.

Soitu también ha sido lastrado por este mismo proceso. El medio nació gracias a la participación de un gran grupo que buscaba invertir en Internet y en los medios de comunicación, seguramente buscando replicar el modelo de negocio de los periódicos convencionales. Soitu salvó el segundo eslabón de la crisis. Tenía un buen número de lectores; sus contenidos estaban bien adaptados y la legión de fans que se ha apuntado a la página de Facebook Yo leo Soitu.es demuestra además que era un público bien fidelizado.

Sin embargo no fue suficiente. Personalmente creo que no lo fue porque el display publicitario, el formato heredado de la prensa no ha soportado una estructura de un medio que, pese a ser más dinámica que otras, seguía siendo considerablemente grande (en algunos momentos de hasta 30 personas).

¿Quiere esto decir que Internet no puede soportar una estructura periodística mediana y profesional? Yo creo, y espero, que sí pero el modelo que haga sostenible esta estructura todavía está por definir. Quizá el fallo esté en pensar en grandes medios, en temas nacionales (o internacionales) y en obsesionarse por sustituir a los medios convencionales demasiado rápidamente.

Pienso que la gran ventaja de la Red es su inmediatez y también su capacidad para llegar donde las enormes estructuras y las rígidas rutinas de los grandes medios no llegan. Quizá los periodistas que buscamos un modelo diferente debamos ser humildes y empezar por organizarnos en estructuras más pequeñas, más próximas y, por supuesto, más fácilmente sostenibles con esa publicidad (o, por que no, o buscar otro tipo de publicidad más ajustada a este ecosistema informativo).

Sólo los cínicos sirven para este oficio

Este fin de semana he leído un post en Sin Futuro y Sin un Duro (un blog que debería leer más de un pope mediático, por cierto) que me ha hecho reflexionar sobre el papel que ha jugado la prensa en al cacareado caso Gürtel y, por extensión, en todas las tropelías diarias que cometen nuestra nunca suficientemente denostada clase política.

Recuerdo que, en la facultad, nos hablaban de Montesquieu, de Habermas y del cuarto poder (qué gran película). Entonces yo trabajaba en prensa local y me parecía que lo de que un alcalde se reuniese en privado con un grupo de constructores era una excepción y una lacra en el fiable sistema democrático. Tiempo después di con el trasero en la televisión autonómica y allí descubrí no sólo que la corrupción existe si no que es generalizada y descaradamente conocida: desde los directivos que discuten en la cafetería por ver quien tiene el despacho más grande hasta los sindicatos que torpedean a los opositores más capaces a cambio de funcionalizar a unos cuantos afiliados más; cubre todas las esferas, salpica a todos los departamentos y sólo la critican aquellos que no pueden participar de ella.

Conozco gente en otras televisión autonómicas y me consta que la situación es generalizada. Y no creo que sean la única empresas públicas podridas hasta el tuétano (de hecho lo sé). ¿Por qué no se dice nada? ¿Por que los medios sólo se hacen eco de la corrupción política cuando salpica a los grandes personajes de los grandes partidos? Pues quizá porque entonces la basura le huele tan mal a tanta gente que resulta imposible esconderla más. Y, en ese caso, todos sabemos que según el medio la información se sesgará en función de los intereses editoriales.

Y es que muy a menudo se nos olvida que los medios son empresas y son sus intereses empresariales los que guían sus contenidos. Por eso vemos atónitos como el grupo PRISA carga contra el gobierno sólo cuando éste aprueba una ley que perjudica sus intereses con respecto a las retrasmisiones deportivas. Los partidos usan sus medios afines como aparato de propaganda externo y, cuando están en el poder, los retribuyen o los castigan en base a no se sabe muy bien qué criterios. Y todos los periodistas lo saben y todos los periodistas se callan (nos callamos). Por que quien más y quien menos tiene hipoteca o hijos o se cree las mentiras que escribe a fuerza de repetirlas.

Por eso se publican las notas de prensa sin contrastar, por eso se cubren las declaraciones institucionales sin preguntas. Porque en España (que es el país que conozco y del que puedo hablar) los medios no informan, ni denuncian, ni combaten. Sólo atacan con saña si creen que pueden obtener del ataque algún beneficio.

Recuerdo haber devorado hace años un maravilloso libro de Ryszard Kapuscinski llamado Los cínicos no sirven para este oficio. Sin embargo hoy en día parece que sólo los cínicos pueden seguir este ejerciendo este oficio. A las empresas periodísticas no les interesa el derecho a la información, ni la libertad de prensa ni la democracia. Sólo están obsesionadas por mantener su cuota de mercado y de audiencia.

Y sin embargo parece que cada vez es más fácil comunicar, informar y transmitir. Las barreras de entrada han desaparecido y por primera vez los periodistas tenemos la oportunidad de convertirnos en el medio. Cuando todo el mundo tiene la capacidad de producir información nosotros tenemos la experiencia para editarla, para constrarla y para mejorarla. Ya hay muchas voces que empiezana a mostrar cómo hacer posible otro periodismo. Es muy difícil entre otras cosas porque, de nuevo, quien más y quien menos tiene hipoteca o hijos o ambas cosas y, además, todos tenemos la fea cosatumbre de comer a diario y todavía está por ver cómo la democracia y el derecho a la información real generan puestos de trabajo. Además, no creo que ninguno de los que alguna vez dijo que quería ser periodista pensaba en hacerse rico con esto.

Historia sin historias

Me gusta mucho escribir, soy consciente de que me ha gustado desde los catorce o quince años pero, pese a haberlo intentado habitualmente, siempre se me ha resistido la ficción. He escrito muchos relatos, he empezado dos novelas y he esbozado multitud de tramas pero creo que me ha faltado voluntad y, sobretodo, talento para ser capaz de hilar convenientemente una historia. Por eso siento una especial admiración por todos aquellos escritores capaces de trazar un argumento, armar una historia sobre él y desplegar a su alrededor un  abanico de personajes cuyas vidas estás deseando conocer.

Cuando me fui a ver Ágora esperaba encontrarme algo de eso. Sobretodo después de la sorpresa que me encontré con Mar Adentro, un film que en su momento vi más por convención que por convicción y que me pareció absolutamente absorvente. Por eso me defraudó Ágora. Amenábar ha desplegado un artificio técnico impecable, ha conseguido devolver la antigua Alejandría a la vida y ha lanzado unas cuantas andanadas contra el fanatismo, la intolerancia y el desprecio a  la ciencia. Pero hasta ahí llegan los méritos del film.

Cuando acabó la película me di cuenta de que Ágora no me había contado nada. No sabría resumir en unas líneas el argumento y creo que ahí radica su gran fallo. Ágora carece de historias personales en su desarrollo que te enganchen, que entiendas, que asimiles y te emocionen. No hay un hilo conductor que contextualice las vidas de los personajes que pasean por la pantalla y las haga verosímiles dentro de los sucesos tempestuosos que ha querido retratar Amenábar (con un despliegue y una corrección inaudita en el cine español, todo hay que decirlo).

Al final la historia de Hipatia queda diluida y, pese al oficio de mi admirada Rachel Weisz, su destino y el de todos los que la rodean te deja un poco indiferente. Y no fui el único que tuvo esa sensación. Todas las personas que venían conmigo se quedaron igual de fríos y después de conversar un rato al respecto, nos dimos cuenta de que no entendíamos las motivaciones de ningún personaje. Por eso, pese al interés del periodo, de los personajes y de los sucesos, nos defraudó bastante el resultado.

Enganchar al espectador (o al lector) es un arte complicado; requiere planificación, intuición, sensibilidad y mucho esfuerzo. Hitchcock decía que para entretener al espectador y hacerle pasar un buen rato en la sala había que hacer que traspasase la pantalla y para eso debía conocer al protagonista hasta el punto de llegar a identificarse con él. Pienso que ese principio, tan simple y tan absolutamente complejo, es el que te lleva a sufrir la ansiedad de Cary Grant en ‘Con la muerte en los talones‘ o la angustia de James Stewart en ‘Vértigo‘; pero creo que también fue eso mismo lo que me llevó a odiar a Aqab, a temer a Long John Silver, a seguir a Aragorn o a comprender a Lisbeth Salander.

Seducido por la Historia, a Amenábar se le olvidó contar la vida, las historias de sus personajes y, al no cuidar esos detalles, todo le ha quedado demasiado frío. Por eso a mi, personalmente, no me ha acabado de entusiasmar Ágora.